XXIII Festival de Jerez

La cocina de la danza flamenca

  • El bailaor sevillano Israel Galván clausuró el sábado la muestra jerezana, un espacio inigualable de convivencia y experimentación para los creadores

Israel Galván en su transgresora versión de 'El amor brujo' de Falla. Israel Galván en su transgresora versión de 'El amor brujo' de Falla.

Israel Galván en su transgresora versión de 'El amor brujo' de Falla. / Román Ríos (Efe)

El pasado sábado, con el estreno del último de los trabajos de Israel Galván, El amor brujo, ya proverbialmente polémico, concluía el XXIII Festival de Jerez. Y no es que veintitrés años sean una nadería, pero resulta sorprendente, si no ejemplar, el camino recorrido en tan poco tiempo por esta muestra dedicada al baile, que fuera implantada casi a la fuerza, por iniciativa de Francisco López, en una tierra eminentemente cantaora.

40 espectáculos divididos en ocho ciclos y varios espacios, con más de un 90% de ocupación en el Teatro Villamarta (de 1.200 butacas) son datos que hablan de su éxito, pero no su explicación. A su crecimiento y su positiva valoración general concurren muchas causas, algunas de las cuales merecen ser subrayadas.

La causa primera se encuentra en la ciudad que lo acoge, Jerez, donde al contrario que en Sevilla y otras ciudades más grandes o dispersas, se conserva una cultura flamenca que aún se transmite por vía familiar. Atravesada por decenas de corrientes flamencas -unas llegadas de su pasado y otras de territorios vecinos, como Utrera o Lebrija- las figuras más internacionales del baile siempre contaron con la savia jerezana, las de ayer -La Argentinita con La Malena y la Macarrona, Antonio el Bailarín con la guitarra de Manuel Morao, Antonio Gades con la voz de Mercé o de Gómez de Jerez- y las de hoy, de modo que la cocina jerezana, esa adonde muchos artistas vienen a cocinar a fuego lento sus creaciones, está hoy tan bien equipada como la de un Arzak o un Subijana. Baste como ejemplo el exquisito plato titulado Baile de autor, que compuso y estrenó el pasado año el bailaor Manuel Liñán con la guitarra jerezana de Manuel Valencia y la voz no menos jerezana de David Carpio, y que el 3 de abril lleva el ciclo Flamenco Viene del Sur al Teatro Central.

Los herederos de la tradición jerezana siguen irrumpiendo con fuerza y el Festival lo celebra en su ciclo De la raíz, que contó con cantaoras como Lela Soto (digna hija de Vicente Soto El Sordera) o Felipa del Moreno; con guitarristas como Pepe del Morao o Agujetas Chico; y con bailaoras tan temperamentales como Paloma Fantova.

Pero, gracias en gran medida al Festival, se ha creado un espacio de convivencia (segunda clave del éxito) entre estos legítimos herederos de las sagas jerezanas y aquellos que han decidido adoptar como propia a la familia y a la cultura flamencas. Como han hecho las más de 1.100 personas (algunas con discapacidad, gracias a la labor de José Galán) que han llegado este año de 40 países para tomar clases, o la emocionante iniciativa Turín de la Frontera, un concurso internacional de baile flamenco cuya final se ha trasladado a Jerez desde el norte de Italia para premiar, por méritos propios, a artistas cuyos nombres resultan casi imposibles de pronunciar.

Este flujo constante ha hecho que, por fortuna, pasaran ya los tiempos en los que no se podían programar determinadas "heterodoxias" y, gracias también a la confianza que su directora, Isamay Benavente, deposita en los artistas, el Festival constituye una auténtica casa en la que esos bailaores (bailaoras)-creadores pueden experimentar con total libertad. Así, junto a grandes espectáculos como los de María Pagés o Eva Yerbabuena, se han visto trabajos tan personales como los de Ana Morales, Patricia Guerrero, David Coria, Marco Flores, Rubén Olmo, Eduardo Guerrero o el propio Galván; artistas deseosos de probar sus límites y de buscar alianzas, conscientes de que están abandonando la senda de lo conocido y lo dominado, la del aplauso fácil, para crear el flamenco del siglo XXI.

Con una base de conocimientos y de técnica difícilmente igualable en otros estilos, estos artistas se han convertido en las locomotoras del flamenco. Sirven de acicate para los músicos y están poniendo al público y la crítica a cavilar como nunca antes lo habían hecho. Afortunadamente, muchos están entendiendo que el flamenco es nuestro arte contemporáneo, abstracto y difícil de entender en ocasiones; que la agotadora discusión entre lo que es y no es flamenco se ha desplazado a otros terrenos más enriquecedores.

Es alentador ver en las salas a tantos artistas, de todas las edades y tendencias artísticas, apoyando, jaleando a veces al que está sobre el escenario. Porque otra de las maravillas del flamenco es que mientras la sociedad se hace cada vez más individualista, o más gregaria, o más fundamentalista, cada vez más bailaores (y bailaoras) se coreografían, se dirigen, se ayudan los unos a los otros mientras los cantaores pasan de Demófilo a Eurípides (como en Medea) o a cantar en catalán si se habla de Gaudí, como en el último trabajo de Cristian Lozano.

Porque así está el flamenco. Un arte inmenso con un talento inagotable en el que hay de todo y para todos. Ahora sólo falta que ese motor imparable que son los artistas tengan la ayuda necesaria para crear -y para equivocarse, cómo no- sin chocar contra el muro de unas políticas miopes y cortoplacistas; y que el público, como el del arte contemporáneo, se arriesgue con ellos para que puedan vivir de su talento y de su trabajo.

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