La condición humana a ojos de un burro

Anne acaricia a Baltasar cuando la feliz infancia quedaba atrás.
Anne acaricia a Baltasar cuando la feliz infancia quedaba atrás.

Nuevos títulos de robert bresson, 22 de agosto 2008 - 05:00

A finales de mes podremos descansar un poco las retinas frente a dos obras maestras de Bresson, Al azar, Baltasar y Mouchette. Con el francés abandonamos el terreno del cine y nos precipitamos en el del cinematógrafo, ese primer nombre que los Lumière dieron a la máquina registradora y que será ya por siempre cifra mitológica para cualquier sistema que al innovar se vea obligado a volver al origen; es decir, nos enfrentamos a un modelo radicalmente contrario al dispositivo del cine institucional, a la verosimilitud que promovía su enunciación invisible, a la convencional jerarquía de planos, al propio concepto de representación e interpretación. La estilística bressoniana, basada como resumiera Zunzunegui en los conceptos de fragmentación, repetición y depuración expresiva aplicados a los materiales que primero capta la cámara y luego ensambla el artista, es sin duda una de las cimas del arte contemporáneo, un intento emocionante de dar a luz una escritura que por fin tuviera en consideración el estatuto de las imágenes y sonidos de registro: trozos insignificantes de realidad que debían estar sujetos a relaciones y transformaciones para que de ellos se obtuviese algo más que huellas. Bresson ejemplifica con su cine la singladura de la creatividad humana, ir de lo real a lo verdadero, tarea siempre compleja y condenada con asiduidad al fracaso.

Al azar, Baltasar es un largometraje central en la obra de Bresson y no sólo porque esté antecedido y proseguido por seis trabajos, sino por ser fabuloso reflejo de la austeridad y abstracción que destilaba su estilo, calificado siempre de trascendental o espiritual. Partiendo de una idea original, que algunos dicen basada en El idiota de Dostoievski -autor adaptado y admirado por el francés-, Bresson retomaba y radicalizaba su minimalista sistema haciendo descansar la propuesta estética en una puesta en escena jansenista que privilegiaba el fragmento, la inmovilidad y el silencio y en la que las imágenes y los sonidos no se subrayaban sino que se iban relevando y configurando un texto elíptico y preñado de sugerencias donde los simbolismos habituales se evaporaban dejando sitio a un discurso emocionante y conciso. Parábola con connotaciones crípticas sobre un burro que en su devenir hacia la gracia pone en evidencia las mezquindades y vicios del ser humano, Bresson va al tuétano de una compleja historia con múltiples personajes a través de una concreción estética admirable: los actores, modelos sin atributos psicológicos, cumplen órdenes y dan lo que no sabían que tenían dentro.

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