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Cuestión de sangre | Crítica de Cine

Un americano (profundo) en Marsella

Matt Damon, en 'Cuestión de sangre'.

Matt Damon, en 'Cuestión de sangre'.

Misterios del cine, a veces más oscuros, profundos y desconcertantes que los de la vida. Tom McCarthy es un buen director al que se deben muy buenas películas como las premiadas y aplaudidas Vías cruzadas (2003), The visitor (2007), Spotlight (2015) -la mejor de todas y su mayor éxito- o Desastre y Total: agencia de detectives nº1; y un par de amables obras menores como Ganamos todos (2011) y Con la magia en los zapatos (2014). No se comprende por qué ha patinado al enfrentarse a la lucha de un representante de la llamada América profunda por rescatar a su hija.

Matt Damon es un rudo obrero que podemos imaginar votando con entusiasmo a Trump. Su hija ha sido encarcelada en Marsella acusada de haber cometido un crimen. El obrero dejará las entrañas de su América profunda rumbo a Francia para demostrar su inocencia. Basándose en un caso real el guión no logra articular bien la historia, definir a su protagonista (Matt Damon a lo Eastwood de Gran Torino arrojado a una Europa que le resulta más extraña que los vecinos asiáticos al jubilado de la Ford) y sobre todo fundir con coherencia las historias del esclarecimiento del crimen, de la difícil relación entre el padre y la hija, de la redención de quien todo lo hizo mal en el pasado y de una improbable historia de amor.

Tal vez la clave de todo esté en que McCarthy es un buen director artesanal que depende absolutamente del guión, un buen ilustrador en imágenes de textos consistentes que cuenten historias potentes (caso de Spotlight). La correcta realización de McCarthy no logra dar vida a este guión deshilvanado, agravándolo todo un metraje excesivo. Salva los trastos una muy buena interpretación de Matt Damon.  

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