Crítica de Flamenco

Lo que deseamos

Lo que pudo pasar y no fue. Lo que desearíamos que hubiese ocurrido. La memoria a la que alude el título se refiere a eso: también el deseo puede provocar nostalgia. De un encuentro imposible entre Julián Arcas, Silverio y La Macarrona, y dispensen que no acudamos al tópico feminista. Desde su formación clásica, Robles ha inventado una nueva forma de acompañar el cante y el baile: subvirtiendo la jerarquía, poblando la escena de detalles sutilísimos. La obra es una exquisitez. No sobra una nota, un rasgueado, un zapatazo, un giro de muñeca. Caballero derrocha frescura y acude a repertorios menos frecuentados, como el cancionero de García Matos en su solo. Y Gabaldón, natural, intensa, lírica cuando lo desea y expeditiva cuando toca. Hizo virguerías con el mantón: por soleá y bulerías. Hizo virguerías con el abanico en la guajira. Cada pieza está medida al milímetro y como Robles inventa una nueva guitarra flamenca posible, Caballero tiene que cantar sin red. Y nada sobra. Cada nota está en su sitio. Cada melisma. Cada respiración. Cada silencio. Los arpegios sustituyen a veces a los rasgueados para proponernos nuevas regiones jondas, cada una más transparente. La guajira es una composición de Robles sobre la que se superpone el cante decimonónico de La Rubia, el Niño Medina y compañía. La levantica sobrevuela el océano. El zapateado es un prodigio de melancolía que se cierra con una serrana imposible. Y Caballero, sobre la cuerda floja, es pura tierra.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios