El espía inglés | Crítica

Buen cine inglés de espías con aroma a Le Carré

Benedict Cumberbatch, en una imagen de la película.

Benedict Cumberbatch, en una imagen de la película. / D. S.

El espía es el héroe/antihéroe por excelencia de la literatura moderna. Figura tan antigua como la humanidad, es en los siglos XIX y XX cuando va adquiriendo cada vez mayor importancia en la literatura desde sus orígenes -el Harvey Birch de El espía de Fenimore Cooper (1821), el Fouché, padre del espionaje de Estado, de Un asunto tenebroso de Balzac (1841) o el Chevalier de Balibari espiando para los austríacos mientras Barry le espiá a él por orden de los prusianos en La suerte de Barry Lyndon de Thackeray (1844)- hasta su esplendor literario tanto a cargo de los grandes autores que ocasionalmente tocaron el género (Conrad, Chesterton, Kipling) como de los también grandes que se volcaron en él (Greene, Le Carré) y los populares que vendieron millones de ejemplares (Ambler, Fleming, Hamilton, Ludlum).

El cine, lógicamente, no ignoró este turbio personaje moderno que conjuga en una única figura al oficial al servicio de su Gobierno y al villano que actúa al margen de la ley. Y, como la literatura, lo ha tratado en serio y en broma, en películas de entretenimiento fantasioso y de rigor histórico. El espía inglés se integra en la corriente seria y rigurosa, heredera de los relatos de Greene o de Le Carré y de las grandes películas clásicas de los 60 –El espía que surgió del frío de Ritt o Llamada para un muerto de Lumet- y de otras más recientes y excelentes obras como El topo de Alfredson o El puente de los espías de Spielberg. La une a esta última película que se trate de un caso real y que el protagonista sea un hombre corriente reclutado como agente. La diferencia de ella que el protagonista, lejos de reafirmarse en su papel conforme el asunto se complica, se sienta cada vez más desprotegido y superado por los acontecimientos: un amateur entre profesionales jugando al juego más peligroso. 

Aprovechando sus viajes profesionales a Rusia, el MI6 británico lo convierte en enlace con un alto cargo militar soviético en los peores momentos de la Guerra Fría.

Soberbio Benedict Cumberbatch como el espía aficionado y muy bien Merab Ninidze como su contacto soviético. Ellos dos son el suelo firme de esta buena película que el prestigioso director teatral británico Dominic Cooke dirige con precaución, como si se fiara más de su experiencia como director teatral de actores que como cineasta de corta experiencia: aunque ha dirigido una serie histórica para la BBC basada en las obras de Shakespeare, su único crédito cinematográfico hasta ahora era la, por otra parte muy teatral, La playa de Chesil, basada en la novela homónima de Ian McEwan. Esta segunda película la supera por la fuerza de su argumento, la potencia de sus intérpretes y una mayor seguridad en la dirección, pese a las cautelas del aún no cinematográficamente suelto Cooke. Una obra estimable, buen cine inglés de espías con aroma a Le Carré, realzada, cosa muy británica, por los actores.       

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