Falling | Crítica

Un buen debut de Mortensen consagra a un veterano secundario

Lance Henriksen y Viggo Mortensen, en una escena de la película. Lance Henriksen y Viggo Mortensen, en una escena de la película.

Lance Henriksen y Viggo Mortensen, en una escena de la película. / D. S.

En su debut tardío a los 62 años como director, Viggo Mortensen demuestra una feroz independencia en el estilo –sobrio, sereno, tan apegado a la sólida narración clásica como distante de lo que hoy está de moda, muy centrado en la dirección actores– a la vez que lo que podría interpretarse como concesiones a la corrección política. Es tan vigoroso en lo primero que cabe dudar que ceda en lo segundo. Posiblemente que el cuarteto protagonista sea una pareja gay, su hija adoptada y el conservador y colérico padre de uno de ellos no responda a satisfacer estereotipos anti-heteropatriarcales políticamente correctos, sino a sinceras preocupaciones e ideas de Mortensen. Aunque he dicho que hay un cuarteto protagonista en realidad se trata de un dúo entre el hijo (Mortensen) y el padre (Henriksen) con la pareja y la hija del primero como figuras secundarias.

En el tratamiento de los dos personajes Mortensen demuestra inteligente flexibilidad. El hijo, el supuesto transgresor de la antigua moralidad, es más sensato, cuerdo y a su manera familiarmente conservador que el padre. El padre, el supuesto ultraconservador, es una mala bestia incapaz de amar sin poseer y someter. El interesante juego entre los dos personajes, que intercambian a veces sus roles de crueldad y ternura, está servido por una muy buena interpretación de Mortensen y un soberbio, espectacular trabajo del octogenario Lance Heriksen, gran actor secundario con más de 200 películas a cuestas que por fin ha logrado un papel estelar a la altura de su talento y su experiencia. Tras trabajar como secundario con los más grandes o conocidos directores –Lumet, con quien debutó en 1975 en Tarde de perros, Cameron, Spielberg, Raimi, Woo o Jarmusch–, en series B y en peliculillas de terror además de en televisión –siendo algunos de sus más conocidos trabajos Expediente X y Millenium–, Heriksen ha realizado la interpretación de su vida dando a esta película su mayor peso dramático con su soberbia y espectacular interpretación excelentemente replicada por Mortensen. El mérito más destacable de éste, como actor en sus réplicas y como director en la construcción del personaje, es la difícil mezcla de cariño y repulsión que vuelca en el retrato del padre.

Sobre ambos gravita el más interesante juego de la película: el patriarca, empeorado por la demencia senil, lejos de representar el amoroso acogimiento que se espera de una familia, es una presencia destructora; mientras la anticonvencional (al menos según las convenciones conservadoras) pareja gay y su hija representan el cariño de ese grupo de gente que se quiere y convive al que se llama familia. Por lo que representan mejor el ideal del amor familiar.

Por sus interpretaciones y por este inteligente juego de roles merece la pena ver este interesante debut de Mortensen como director. E incluso perdonarle algún chiste facilón de dudoso gusto como presentarnos a David Cronenberg haciendo un tacto rectal.

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