Un grito revolucionario

La francesa Sophie Divry irrumpe con fuerza en el panorama español con la sorprendente 'Signatura 400'

Retrato de la escritora francesa, que se confiesa admiradora de la obra de Jacques Roubaud y Claude Simon.
Retrato de la escritora francesa, que se confiesa admiradora de la obra de Jacques Roubaud y Claude Simon.
Charo Ramos

28 de septiembre 2011 - 05:00

Signatura 400. Sophie Divry. Trad. María Enguix Tercero. Editorial Blackie Books. Barcelona, 2011. 107 páginas. 17 euros.

Sophie Divry, nacida en Lyon hace 30 años, feminista adicta a las mermeladas de su madre y alérgica a los ácaros, ha logrado en tiempos de la comunicación 2.0 que su enardecida defensa de la lectura en papel, Signatura 400, se convierta en un fenómeno de alcance global. Su debut literario, donde palpitan muchos debates culturales que los franceses comparten con sus colegas europeos, como la esquizofrenia de una industria obsesionada por poner en el mercado best sellers y títulos innecesarios que destruye con la misma voracidad a los pocos meses, llega a España de la mano de Blackie Books con una hermosa ilustración de cubierta de Sergio Ibáñez y ejemplar traducción de María Enguiz. Un mimo recompensado por el público, que ha obligado al sello barcelonés a lanzar esta semana la segunda edición de un delicioso divertimento que Divry dedica "a todas aquellas y todos aquellos que siempre encontrarán más fácilmente un hueco en una biblioteca que en la sociedad".

La propuesta tiene como protagonista a una antiheroína arisca, puntillosa y antipática de la que nunca sabremos su nombre pero sí todo lo que interesa conocer. Porque esta mujer anónima e invisible, responsable de la sección de geografía de una biblioteca francesa de provincias, con la que nadie habla salvo para pedirle libros en préstamo, oculta en su interior a una verdadera revolucionaria.

"Taylorizada de la cultura" que pasa su tiempo en el sótano donde se apilan los libros de geografía y urbanismo, que odia a los arquitectos por concebir ese calabozo en el que está confinada, la bibliotecaria de Divry gustará a todos los que comparten que hay demasiado ruido mediático en este mundo y se editan demasiados libros exprés que se agolpan en las estanterías donde, en cambio, como ella denuncia, es imposible encontrar las obras completas de los grandes autores, como Guy de Maupassant o Simone de Beauvoir.

Sin pausa, sin sosiego, en dos horas de monólogo ininterrumpido y asfixiante, las que median entre su descubrimiento de un lector que ha pasado la noche en el sótano y la apertura de la biblioteca -y que coinciden con el tiempo que uno emplea en leer esta nouvelle de cien páginas-, la encargada de las signaturas 900 y 910 recalca su aversión por los intelectuales y su militancia por la gente común, su quijotesca posición "del lado de los peatones, los petanquistas y los asiduos". De todos aquellos que aún creen que una lectura puede cambiar la vida y que nunca estás solo cuando vives entre libros.

Guardando siempre el difícil equilibrio entre el humor y la tragedia, Divry alza un himno de amor con guiños a Truffaut donde la nuca de un usuario, Martin, y el lomo de los libros se funden en un mismo oscuro objeto de deseo. "Siempre he amado tu nuca, la única parte de ti que podía mirar sin ser visto", se afirmaba en Jules et Jim, una máxima que hace suya la bibliotecaria al admirar el cogote de ese joven doctorando que pasa las horas referenciando y clasificando libros para redactar una tesis sobre ciertas revueltas campesinas (las "jacqueries de Poitou") durante el reinado de Luis XV. La sexualidad reprimida y la soledad asfixiante atizan el grito de esta mujer que detesta a Balzac -"un empresario de la edición, un tipo que sacaba libros como churros", le define- y admira a Robespierre y la perfección de su abolido calendario revolucionario: "No hay nada más sistemático que un Robespierre. Antes reinaban el infantado, el diezmo, la gabela y el sombrero de plumas".

Entre confesiones íntimas e invectivas contra un poder que se empeña en distraer a los jóvenes "porque les tiene miedo" y ha llenado las salas de lectura de auriculares, teléfonos móviles y deuvedés, la protagonista explica con elegancia el sistema de clasificación universal de fondos librescos ideado por Dewey. Ese principio "infalible" que divide en diez temáticas principales, llamadas clases, todas las disciplinas del conocimiento pero que, tras la emigración de Lenguas y Religión a otros apartados, dejó un vacío en la signatura 400 de proporciones cósmicas cuya sola evocación trastorna a esta perfeccionista para quien la angustia forma parte de la vida.

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