Cultura

Una jornada repleta de ambrosía

  • Un público entusiasta acogió en el Teatro Central la única representación española de 'Monte Olimpo', un ritual de 24 horas que resume los 35 años de carrera del belga Jan Fabre.

Dionisos fue el único dios que paseó su cuerpo orondo por el Monte Olimpo de Jan Fabre. Bajo su mirada de bribón, una humanidad llena de locura, de sueños, de excesos...

Y es que el director de escena y artista plástico belga Jan Fabre es el rey del exceso, como bien saben los sevillanos desde que visitara Sevilla por primera vez allá por 1992. Sólo su cariño por esta ciudad y por el teatro que dirige Manuel Llanes ha hecho posible la celebración de este extraordinario ritual oficiado en el escenario del Teatro Central por 27 intérpretes de varias lenguas y nacionalidades durante 24 horas (desde las siete de la tarde del sábado a las siete de ayer).

En el patio de butacas, un público entregado que había agotado las localidades desde hace meses no dio demasiada opción a la entrada de una segunda remesa y descabezando el sueño en los sillones y las hamacas predispuestas para tal fin, pasando del café a la cerveza, no abandonó la sala más que en algunas horas nocturnas y participó de forma entusiasta cada vez que tuvo ocasión, aunque sólo fuera aplaudiendo cuando un héroe les decía "No hay nada tras una batalla, por eso necesito que me déis todo vuestro amor". En las butacas, una buena parte de la profesión teatral y dancística sevillana y no sevillana -Alex Rigola e Irene Escolar entre otros- y algunos políticos como la consejera de Cultura, Rosa Aguilar, que asistió a las primeras horas de la representación, y la directora del Icas, Isabel Ojeda.

En la escena nada quedó al azar. Desde la primera erección cada cuadro logró llegar a las retinas, al intelecto o al corazón del espectador, convirtiendo en imágenes, ya grotescas, ya sublimes -y a veces las dos cosas- el magnífico texto creado por Jeroen Olyslaegers a partir de las 33 tragedias griegas.

Con ocho mesas rectangulares y 33 lámparas de globo, Jan Fabre ha sido capaz de crear hermosísimos espacios que se transforman continuamene y que albergan a los héroes y a las heroínas de la Grecia clásica. Hay mucho sexo, mucha sangre y muchísimas vísceras -200 kilos comprados en el matadero estaban guardados en cámaras detrás del escenario-. A veces llega su olor, pero hay quien comenta que peor deben oler las masacres de Siria. Toda una lección de lo que Artaud propugnaba, catarsis incluida, y tachonada de coreografías grupales, casi siempre frontales, con guiños a los dibujos de las vasijas y a los frisos de la época. La banda sonora se va componiendo con arias de Verdi, nieve que suena al caer como el batir de alas de mil mariposas, el golpear de las vísceras sobre los cuerpos y los gemidos de los actores. También se reproducen numerosas esculturas y los personajes -Hécuba, Ifigenia, Medea, el humillado Filóctetes...- lanzan sus monólogos directamente a los presentes. Hablan de los males del mundo, del odio, de las guerras, de la venganza y de cómo la arrogancia ha llevado a muchos la destrucción. No en vano la Hybris es el único pecado que consideran.

Los intérpretes pusieron sus cuerpos al límite con una generosidad asombrosa y el público vibró con ellos hasta la catarsis de música y color del final. Y es que que a pesar de la heterogeneidad de las escenas hay una extraña pureza en todo el espectáculo. Por encima de todo, emociona ver la obstinación con que estos guerreros de la belleza, como los llama Fabre, salen una y otra y otra vez aseados, peinados y cubiertos sólo con telas blancas inmaculadas para quedar mancillados al instante siguiente sobre una tierra que, poco a poco, va acumulando la sangre -y también las flores- de todas las batallas. Quién sabe si detrás de todo está Sísifo, símbolo de los esfuerzos inútiles.

Tal vez la inmensa y generosísima tarea de montar una pieza como Monte Olimpo sea un esfuerzo tan inútil como levantar el telón cada día en los teatros. Es cierto que el teatro no tiene poder para configurar un gobierno. Pero lograr que gente desconocida lo deje todo para compartir un ritual de belleza de 24 horas; que en el mundo de prisas que nos engulle un grupo de personas conviva, coma, duerma y participe de una misma vibración, no deja de ser un motivo de esperanza.

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