Mel Brooks: gracias por las risas
Salir al cine
Judd Apatow y Michael Buonfiglio rinden homenaje a uno de los grandes cómicos norteamericanos en un documental en dos partes disponible en HBO Max desde el pasado fin de semana.
A sus 99 años, Mel Brooks (Nueva York, 1926) aún sigue vivo, lúcido y coleando, tan locuaz y divertido como siempre, un tipo nacido para hacer reír, encarnación del sueño americano del inmigrante judío con sus éxitos y fracasos, emprendedor incansable, cómico, compositor, productor y empresario, un tipo bajito que conquistó a una de las mujeres más bellas de Hollywood, Anne Bancroft, amigo incondicional de sus amigos, a pesar de verlos morir poco a poco ante su salud de hierro a prueba de calendarios.
La comedia y el cine norteamericanos están en deuda con él, incluso con sus malas películas, que también las hizo. Judd Apatow, uno de sus muchos hijos profesionales, se encarga ahora de saldarla con este documental en dos partes para HBO Max, un sentido, sincero e íntimo homenaje a su persona y su trayectoria, de su infancia pobre y sin padre en el Bronx, sus raíces hebreas como seña identidad desde la que construir un humor autoparódico, o su paso por el ejército durante la Segunda Guerra Mundial, al éxito de comedias como Sillas de montar calientes o El jovencito Frankenstein que lo convirtieron en el hombre más popular y taquillero del país con todas sus transgresiones y su humor autoconsciente.
El cine, el mundo del espectáculo y la comedia están en deuda con Brooks, que merece hoy mucho más respeto del que quizá haya tenido entre la intelligentsia o la crítica. Ya se sabe que, a diferencia del crimen, la comedia nunca ha sido considerada como una de las bellas artes y Brooks no tuvo a unos Cahiers que lo reivindicaran como a Jerry Lewis. Con todo, ganó un Oscar en su debut y otro honorífico en 2023. Desde sus días como guionista para televisión (El hombre de los 2000 años, Superagente 86), Brooks vino forjando un humor chispeante y netamente judío, para muchos de trazo grueso, que escondía empero la observación atenta de la condición humana y ofrecía una vía de escape para espantar el horror del siglo.
Porque a través de sus parodias, del western al terror, del cine histórico (La loca historia del mundo) a las odiseas espaciales (La loca historia de las galaxias), del cine mudo (La última locura) al showbusiness (Soy o no soy), Brooks aireó siempre las vergüenzas y contradicciones de una nación que aún pecaba de racista, homófoba e intolerante. Consciente siempre de su enorme vis cómica, no le importó nunca encarnar a personajes políticamente incorrectos con los que abría camino entre el absurdo y el esperpento.
Desde su sofá, en sus pequeñas rutinas diarias, ya sin la compañía de su querido Carl Reiner, con el que recorrió una de las más hermosas hermandades cómicas del siglo, Brooks sigue hoy añorando a su esposa, bromeando con su condición de judío amante del éxito y el dinero, sincero ante la cámara y las preguntas de un Apatow que no puede disimular su admiración y su agradecimiento, que lo es también a todos los cómicos de su generación o a los que nacieron de sus manos (de Gene Wilder a Ben Stiller), entre los recuerdos de sus hijos y colaboradores y un manejo del archivo que nos revela la repetición de sus chistes y (falsas) anécdotas, sus numerosas apariciones televisivas, su inagotable trabajo de autopromoción, su visionaria capacidad para detectar y producir el talento ajeno (Lynch y El hombre elefante, Cronenberg y La mosca) o para levantarse tras cada fracaso y reinventarse incluso reciclando su propio legado, tal y como hizo al convertir su primer filme, Los productores, en uno de los mayores éxitos de Broadway, ganador de doce premios Tony.
Dice Brooks que “la comedia es lo contrario a la muerte”. Sin visos de que la suya esté próxima a pesar de la edad, sólo podemos darle aquí las gracias por las risas.
'La vecina perfecta': no lo llames defensa propia, llámalo odio
Es muy posible que nunca veamos las imágenes de las cámaras corporales de los agentes del ICE que han asesinado a Renée Good y Alex Jeffrey Pretti en Minneapolis días atrás. Unas imágenes que despejarían toda duda sobre su actuación en ambos casos.
La vecina perfecta, el documental de Geeta Gandbhir nominado al Oscar y disponible en Netflix, está hecho precisamente con esas imágenes que graban los policías en el cumplimiento de su deber como prueba doble de su respeto a los protocolos tanto para su seguridad como para aquellos a los que asisten.
Más concretamente, el documental monta con un efectivo sentido dramático los acontecimientos que desembocaron en el asesinato en junio de 2023 de una vecina afroamericana de un barrio suburbial de Ocala, Florida, a manos de una mujer blanca de mediana edad que se amparaba en las molestias que le causaban los niños para su paulatina escalada de denuncias y enfrentamiento con sus vecinos.
Siempre fiel a su dispositivo, La vecina perfecta revela que desde la exterioridad objetiva de las imágenes de estas cámaras también se puede revelar la verdad y sus sustratos, que no son otros que aquellos que intentan aprovechar los resortes del sistema judicial como escudo y pretexto para liberar la violencia y el odio racista. La clave en todo caso es tener acceso a ellas.
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