El mes de Saramago, el siglo de Ricardo Reis

Centenario

Recuerdo de una de las primeras visitas a Sevilla del Nobel de Literatura en el centenario de su nacimiento

Fernando Pessoa, junto a Costa Brochado, en el Café Martinho da Arcada.
Fernando Pessoa, junto a Costa Brochado, en el Café Martinho da Arcada. / DS

“No lleva usted sombrero”, le dice Fernando Pessoa a Ricardo Reis. “Sabe mejor que yo que allá no se lleva”, le responde el doctor. Allá es lo que la gente conoce como el más allá, los dominios de la muerte. Es el diálogo final de la novela de José Saramago El año de la muerte de Ricardo Reis. “Adamastor no se volvió para mirarlos”. Se trata del monumento que representa a un personaje mitológico de Os Lusíadas, de Camoes.

Conservo la dedicatoria de Saramago (Azinhaga, Portugal, 1922-Lanzarote, 2010). Su amable frase, su firma y la fecha, noviembre de 1986, después de la entrevista que le hice en un piso de la calle Ruiseñor, en Triana, con la generosidad de Pilar del Río. Doce años después, 1998, le dieron el Nobel de Literatura. “Golazo de Saramago”, tituló el diario deportivo A Bola. Doce años después, 2010, en pleno Mundial de Sudáfrica, que España ganó tras eliminar a Portugal, murió Saramago. Doce años después, 2022, hoy se cumplen cien años de su nacimiento.

1986. Ese año mueren Borges y Carande. El año de la muerte de Ricardo Reis empieza con un viaje de este doctor desde Río de Janeiro hasta Lisboa, en un barco que con escala en Vigo terminaba su singladura en Londres. Vigo es una ciudad muy mimada por los escritores: sale en esta novela de Saramago, en Veinte mil leguas de viaje submarino, de Julio Verne; en El mundo de ayer, de Stefan Zweig. El punto de partida es la muerte de Pessoa el 13 de noviembre de 1935. El mes de Pessoa y de Saramago. Antes de la muerte de Ricardo Reis, el año empieza con las muertes en enero de Valle-Inclán, Rudyard Kipling y Jorge V, el abuelo de la reina Isabel II de Inglaterra.

Media novela la pasa el doctor Ricardo Reis en el hotel Bragança, que se va llenando de españoles que huyen de la tormentosa situación del país, y la otra media en un piso junto al puerto y la estatua del monstruo de Camoes, donde comprueba, al olvidar las cerillas y el colador, que “un hombre solo no sirve para nada”. Una novela de amores (dos amores) y de guerra. Las dos Españas se van colando en la trama: la de Franco, Sanjurjo, Mola, Queipo y Millán Astray, que como el doctor también viene en barco desde Río de Janeiro; y la España de Largo Caballero, Casares Quiroga, Azaña o Martínez Barrio.

En el hotel le llegan noticias de España por Felipe y Ramón, camareros gallegos, y hay como una premonición de su historia cuando habla de su habitación 202, “donde cabría una familia entera de Sevilla”, aunque finalmente acogerá a una familia de Granada. Las dos patrias de Pilar del Río, que se convertiría en su esposa y traductora (esta novela la tradujo Basilio Losada). Hay un viaje a Fátima que es puro realismo mágico, un libro que siempre le acompaña y es un guiño a un personaje de Borges, y dos vecinos cotillas a los que les pasa el periódico que le deja el repartidor, como le dejan el pan y la leche. Hay Juegos Olímpicos en Berlín y familias españolas que oyen Radio Sevilla en el Hotel Bragança. La radio y los periódicos como compañeros cotidianos del doctor Ricardo Reis, al que se le va apareciendo el espectro de Pessoa en la prórroga de los nueve meses que la muerte tarda en morirse.

García Tortosa, traductor del Ulises, es un entusiasta de la prosa de Saramago. Con esta novela se podría reconstruir Lisboa (Benfica y Boavista son aquí barrios, no equipos de fútbol) como el catedrático de Filología Inglesa dice que se podría hacer de Dublín a partir de la novela de Joyce. Lidia es empleada del hotel. Pronuncia una frase para ponerla en letras de molde. “A ver si me explicas qué es el pueblo”, le dice Ricardo Reis, y Lidia le contesta: “el pueblo es esto que soy yo, una criada de servir que tiene un hermano revolucionario y se acuesta con un señor doctor contrario a las revoluciones”.

El hermano de Lidia era marinero y fue uno de los que murió en el barco Alfonso de Alburquerque que zarpó para defender a la República tras el Alzamiento del 36. Hay Carnaval en Lisboa, un enjambre de disfraces. En el hotel creen que el doctor Ricardo Reis es un espía o similar. Salvador, el director, da orden a Pimenta “para que vaya a buscar periódicos españoles”. Son dos personajes de El halcón maltés o del hotel en el que se alojó durante sus vacaciones el Monsieur Hulot de la película de Jacques Tati. Termina la novela, Ricardo Reis se va sin sombrero y los lectores nos lo quitamos ante Saramago. Noviembre de 1986. Cristiano Ronaldo tenía año y medio y la Argentina de Maradona había ganado el Mundial. Se habían cumplido cincuenta años de las largas vacaciones del 36. Cincuenta mil españoles habían cruzado la frontera. “Hay siempre un después para la guerra siguiente”, dice Ricardo Reis, “que guerra tendremos en mil novecientos sesenta y uno”. La guerra de Vietnam. La riada del Tamarguillo. El muro de Berlín.

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