Cuatro miradas al horizonte
Los dos jinetes que en Centauros del desierto buscan a la niña raptada por los indios, no se contentan con ver. Sus ojos actúan, miran. Miran porque desean (quieren hallar el bien perdido, la muchacha) y porque temen: permanecen vigilantes frente a un adversario que no se deja ver pero puede aparecer en cualquier momento. Toda visión tiene ese doble pliegue. Por inocentes y neutros que parezcan, los ojos viven en un cuerpo que desea, y el hallazgo prende (enciende y aprisiona) la mirada: vemos lo deseado y nos vemos deseando. Y aunque sean la luz del cuerpo, los ojos tienen su línea de sombra: la mirada que advierte y vigila, y también la que vuelve sobre sí, preguntándose si tiene sentido lo que busco o puedo entregarme a lo que veo.
Federico López Silvestre, profesor de la Universidad de Santiago de Compostela, muestra que la pintura de paisaje también encierra esa triple dimensión de la mirada. Abre el libro con un amplio debate teórico del que deriva una fértil tipología del arte del paisaje.
En la visión del paisaje no falta ni el impulso del deseo ni la pregunta por el sentido de cuanto veo. Son dos miradas sobre el mirón. La diferencia radica en qué trato se dé a esas miradas en retroceso. Hay un arte que las neutraliza: enfunda el paisaje en geometrías, en la exactitud del trazo y la firmeza del volumen. Así, las ciudades soñadas por los humanistas y el jardín francés, que borran la sorpresa del deseo y la amenaza del caos, aunque con ello quizá renuncien al paisaje y diseñen sólo un hábitat. Frente a ellos, el gozo de la mirada de los pintores venecianos, y los paisajistas holandeses y romanos: no pretenden alojarse en la naturaleza, sólo viven un momento de gracia, feliz sintonía entre el deseo y el entorno, que guardan, sabiéndola precaria, y la llevan consigo, como nómadas o aves de paso. Pero hay otros viajeros: incansables, recorren la naturaleza pero desconfiando del entusiasmo del instante, lo revisten de signos, perpetuándolo como un éxtasis: así proceden los románticos y quizá Corot y sus amigos de Barbizon. Finalmente, están quienes buscando en el paisaje un sentido que saben no pueden hallar, terminan abriendo los ojos, como fantasmas, al caos: esa es la raíz trágica que Rothko siempre señaló en sus obras.
Nómadas y fantasmas oponen su aguda visión al miedo de geómetras y místicos, pero quizá en ningún gran paisaje falte un jalón de cada una de esas miradas.
Federico López Silvestre. Ediciones Universidad de Salamanca. Salamanca, 2013. 482 páginas
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