LEO BASSI. bufón

"El poder carece de sentido del humor"

  • El cómico analiza la percepción de su oficio en el espectáculo que lleva este fin de semana a TNT

  • "El mundo en el que empecé ha desaparecido. Hoy los payasos salen de la televisión", dice

Leo Bassi, en una imagen de archivo, en un momento de su 'Gran misa patólica'. Leo Bassi, en una imagen de archivo, en un momento de su 'Gran misa patólica'.

Leo Bassi, en una imagen de archivo, en un momento de su 'Gran misa patólica'. / josé ángel garcía

Hubo un tiempo en el que Leo Bassi (Nueva York, 1952) salía a bronca diaria por sus montajes. Igual se disfrazaba de papa y se ponía a repartir condones que denunciaba los excesos de la especulación inmobiliaria desde un autobús con espectadores. A su manera, trata de decir que todo poder no es más que un simulacro, que la única verdad que merece la pena es aquella que soporta una risa cuando es cuestionada. Claro que lo que su burla provoca no es una carcajada hacia dentro, sino por fuera. Que se ve. Que se escucha. Contra todos y por todos. Llega mañana y pasado al Centro TNT-Atalaya con el espectáculo El último bufón, nacido tras el hallazgo de las películas de su bisabuelo, el payaso Giorgio Bassi, filmadas por los hermanos Lumière en 1896.

-Imagino su emoción al descubrir esas imágenes de su bisabuelo. Viéndolas ahora, ¿cree que ha cambiado en algo el trabajo del cómico a lo largo de más de un siglo?

-El trabajo del bufón apenas ha cambiado en lo básico, aunque sí en las formas. Y mucho. Aquellos eran obreros, campesinos, pobres en definitiva, que no querían arrodillarse frente al poder y decidieron ir a la aventura y vivir haciendo reír y pensar sobre la realidad. Esa voluntad de querer ser libre debe seguir vigente hoy. Antes, eso sí, la relación con el público era puro directo, en espectáculos callejeros, pero, hoy en día, la tecnología ha trastocado esa posibilidad, pues estamos vinculados a un soporte o a un medio, con lo que la censura es más eficaz. Basta con que al dueño no le guste lo que haces.

"Ahora estoy en paz con el papa Francisco, quien se puso una nariz roja de payaso. No puedo pedirle más "

-Desde la arqueología de esas películas, usted propone revisar ahora en El último bufón la profesión de payaso y de paso, también, su trayectoria.

-Ya he cumplido los 65 años y, creo, es un buen momento para hacer balance. De algún modo, quiero hacer llegar a las nuevas generaciones de cómicos, monologuistas o youtubers -da igual cómo se quieran llamar- cuál es nuestra misión: hablar en voz alta de los abusos del poder. Si no lo hacemos, la censura será cada vez más grande. Sin ir más lejos, ahí está la realidad monstruosa del rapero Valtonyc, condenado a tres años y medio de cárcel por sus canciones. Vamos, básicamente, por ser un bufón...

-¿Tiene el poder sentido del humor?

-No tiene. Nunca lo ha tenido, aunque tampoco es una cualidad que se espera en él. El poder pone reglas, leyes, y el bufón está obligado a encontrar sus errores. En mi opinión, el poder, si es inteligente, debería digerir bien a los cómicos porque contribuyen a mejorar la sociedad. Sólo el poder débil, temeroso, no admite críticas, como sucede hoy. Siendo esto así, creo que no hay que tener miedo de luchar. E, incluso, amar la lucha. Ése es el mensaje que me gustaría dejar en El último bufón.

-¿Y hay, en su opinión, algún límite en el humor?

-Es la pregunta más complicada del mundo. Hay asuntos que yo no toco: la muerte, si es demasiado reciente y dolorosa, por ejemplo. Pero el problema, creo, es otro. Hay público para todo. Con los amigos que saben quién y cómo soy, me permito chistes que nunca diré públicamente. Otro tanto sucede con los espectadores que vienen a verme, pasan por taquilla y son seguidores del estilo de humor que hago. Con ellos, por ejemplo, me atrevo a bromear con cosas que nunca tocaría en la televisión, con una audiencia de miles o millones de espectadores. La clave es conocer bien cuál es el público al que te vas a dirigir. Eso sí, también soy de la opinión de que un humor blando, correcto, como pidiendo permiso, no es humor. Es otra cosa.

-Usted debutó en el circo con siete años. ¿Lo recuerda?

-Perfectamente. Un día, en Australia, mis padres me dijeron que iba a salir a la pista en el número de Aladino. Me dieron una túnica y me lanzaron al escenario. Una vez allí, tuve que interpretarlo de la mejor manera que sabía. Luché con los bandidos, recuperé la lámpara, hablé con el genio… Fue mi bautismo en el circo.

-Y su visión del mundo proviene, según ha confesado, precisamente de ahí, del circo.

-El circo ha moldeado mi vida, sin duda. Descubrí, por ejemplo, que me gusta estar con el pueblo. También aprendí allí que tú vales por lo que haces, no por lo que eres, ya que el malabarista, el acróbata o el payaso saben que arrancarán los aplausos del público si hacen bien su trabajo. Y, metido en ese mundo, también me di cuenta de la enorme dignidad de la gente pobre. Siempre recuerdo la frase de mi abuelo: La Iglesia y nosotros estamos en el mismo negocio: ¡Vender milagros!....

-Ahora que la menciona, quizás la Iglesia católica es la institución favorita de sus burlas…

-Ahora estoy en paz con el papa Francisco, quien se puso una nariz roja de payaso. No puedo pedirle más.

-Pese a los conflictos que usted permanentemente denuncia, hace ya muchos años que fijó su residencia en Madrid. ¿Por qué?

-De un lado, hay circunstancias personales. Una historia de amor, ya sabe: mi mujer es española. Por otro lado, los problemas de censura no son exclusivos de España. En el país del que procede mi familia, Italia, ocurre igual. Y qué decir de Estados Unidos, con Trump y ese retorno al lado duro de los conservadores. En España he encontrado a mayores con conciencia histórica y a nuevas generaciones que mantienen un espíritu de lucha. Hay una energía aquí que compensa el oscurantismo que amenaza del otro lado. Pese a todo lo sufrido, el balance de mis años en España es tremendamente positivo.

-Hablaba usted al comienzo del tremendo impacto de la tecnología en el mundo del circo. ¿Es la televisión la pista global?

-Las cosas están cambiado a una velocidad vertiginosa. Lo que nosotros llamamos televisión ya ha sido superado por Youtube, Netflix… No hay mucho futuro ahí para el humor. Yo he intentado mantener cierto espíritu bufonesco en mis apariciones televisivas, pero casi son cosas del pasado. Ahora, desde mi capilla en Madrid, el Paticano, dedicada a los patos de goma, emito en streaming las misas que yo hago…

-Lo de El último bufón, ¿tiene algún matiz pesimista, como si fuera el final de una estirpe?

-Es un título que he pensado mucho, no crea, pero creo que es acertado. Hoy en día, nadie va a poder tener ya la carrera profesional que yo he hecho como bufón. He tenido una vida muy particular, que arranca en un mundo ya perdido: las carpas, los viajes, los animales enjaulados, los payasos discutiendo a voz en grito qué chiste abrirá la próxima función… Ese mundo, donde la primera preocupación era si se había recaudado lo suficiente para llenar los depósitos de gasolina e irse a otra ciudad, ha desaparecido. Ahora, los payasos salen de la televisión, de los monólogos. No digo que no vivan también sus aventuras, pero seguro que ya no serán iguales a las que yo viví.

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