Fantasías animadas de ayer y de hoy
proyectoeLe + Kyma Kollektiv | Crítica
La ficha
PROYECTOELE + KYMA KOLLEKTIV
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XV Festival Encuentros Sonoros. proyectoeLe: Marta Gómez, Claudia Hernández, Irene Lazo, Vicki Noguero, María Jesús Pacheco, Laura Rendón y Riklia Sanchis, sopranos; Carmen Alaminos, Ana Cinta Alonso, Cristina Leal, Rocío Márquez, Emma Rodríguez y Ana Ruibérriz de Torres, altos; Miguel Carrasco, Javier Centeno, Manuel A. Gómez, Jesús Hernáez, Alberto Martínez y Francisco S. Barajas, tenores; Sergio Garrido, Miguel Hernández, Luis Navarro, Pedro Ortega y Rogelio Rodríguez, bajos. Recitación: Rogelio Rodríguez. Director: Carlos Cansino
Programa: Vidas salvajes
Jadwiga Frej (1997): Slow Down [2025]
Ixta Rodero Gil (1997): Hubo [2025]
María Pérez Díez (1996): Peacock Rising [2025]
Alireza Shahabolmolkfard (1991): Status: Seventeen, as for June 2025 (subject to further change) [2025]
Lugar: Espacio Turina. Fecha: Sábado, 10 de enero. Aforo: Media entrada.
En las notas del programa se nos dice que “Kyma Kollektiv es una organización con sede en Linz (Austria) compuesta por un grupo de compositores de distintas nacionalidades que tienen en común la tutela de la compositora Carola Bauckholt. Como asociación cultural, su principal objetivo es la promoción de proyectos en el campo de la música contemporánea, teniendo en cuenta la accesibilidad para el público ofreciendo actividades educativas además de conciertos. Actualmente el colectivo está formado por cuatro miembros”. Nacidos entre 1991 y 1997, los cuatro protagonizaron este concierto de proyectoeLe con sendas obras de estreno, que fueron interpretadas por el coro sevillano con una entrega y una solvencia técnica irreprochables, tanto en lo vocal como en lo escénico.
El problema es que el armazón conceptual y estético que sostenía el proyecto rozó la pura indigencia, oscilando entre la más simplista ecolatría, una cierta infantilización del gesto artístico y una alarmante pobreza discursiva. En el plano musical, las piezas se movieron dentro de una vanguardia blanda, apoyada casi exclusivamente en el catálogo habitual de recursos performativos: técnicas vocales extendidas, imitaciones de voces animales, superposición de recitados y parlatos, procedimientos repetitivos y vocalizaciones insistentes que, lejos de desarrollarse y generar tensión e interés, acabaron por agotar rápidamente su escaso material de partida.
En Slow Down de la polaca Jadwiga Frei, Rogelio Rodríguez –recitador omnipresente a lo largo de todo el concierto– empezó moviéndose por el patio de butacas, planteando a algunos espectadores una cuestión francamente impertinente: “¿Ha sentido usted hoy stress en algún momento? ¿Cuándo?”. Por lo que sea, topó con gente amable y discreta. Mientras, en escena el coro había empezado ya su interminable letanía de vocalizaciones. La pieza giraba en torno al oso perezoso. Hubo proyección sobre el fondo de escena, mientras se nos instruía sobre su vida, sus costumbres y las ventajas adaptativas que la lentitud habían procurado a la especie, ventajas por lo demás inobjetables, puesto que el animal sigue existiendo. Yo recordé la magnífica novela de Kundera sobre el particular, incluida alguna escena perturbadora, pero aquí era todo mucho más naíf y aburrido. Se nos invitó a hacer una serie de ejercicios para desacelerar nuestras vidas. Al entrar se nos había proporcionado un sobre que contenía una ramita de árbol y otra de yerbabuena, que se nos invitó a manipular siguiendo instrucciones del tipo: “Mira la ramita, de qué color es, qué forma tiene, cuánto pesa en tu mano, acaricia tu brazo o tu pierna con ella... acaricia tu cabeza y tu oreja y escucha cómo suena... Levanta la mano, imagina que la ramita es un árbol firme... Huele la yerbabuena... cómela” (a esto último, lo reconozco, me negué, que a saber...). Posiblemente el momento más interesante desde el punto de vista sonoro de la obra fue la apertura colectiva del sobre y el frufrú que provocó el papel de registro en el que venía envuelta la yerbabuena, y no dudo de que fue un efecto buscado por la autora.
Ixta Rodero Gil dedicó su Hubo a las especies animales extinguidas a causa de la acción humana, desarrollando una fábula en torno a las sirenas, que de animales de fantasía se convirtieron en seres reales y benéficos, que poblaban los mares cuidando de sus habitantes y protegiendo los arrecifes. Era un tiempo en que “no mataban ni comían humanos” (sic). Pero los humanos empezamos a cazarlas y a mutilarlas (“Sujeta. Tira. Gira. Corta. Arranca...”, gritan algunos coralistas, mientras otros aúllan de dolor) y eso transformó a las maravillosas y pacíficas sirenas en criaturas crueles y vengativas, hasta su desaparición y olvido posterior, a cuya glosa se sumó la voz trémula de un violín.
En Peacock Rising de María Pérez Díaz el día comenzaba con el ring ring de un despertador y la salida a la calle, empujados todos a consumir. Y menos mal, porque en un mundo dominado por la leyes de la entropía y de la evolución si no consumes (oxígeno, agua, alimento...) tus células tenderán al caos primigenio, es decir, te mueres. Pero, por lo que sea (a lo mejor por no hacer caso de la Agenda 2030 y consumir mal), la humanidad estaba ya condenada y el hombre desaparece, apocalipsis total. La compositora era una adolescente cuando en España se emitió Life after People, una interesante serie documental que en nuestro país se tituló La tierra sin humanos, y que planteaba la misma tesis que su obra: la vuelta de la naturaleza a las ciudades una vez extinguido el hombre (como si el hombre no fuera también naturaleza): un día después... dos días después... un año... cinco años... etc., etc. A lo mejor la joven vio aquella serie y se quedó pillada. Ahora bien, no me pregunten por qué, una vez extinto el sapiens, María Pérez escogió como animal dominante sobre la faz de la tierra al pavo real, pero esa elección dio para uno de los momentos más intensos de la performance, con los coralistas glugluteando y titando (a fe mía que escuché algún cacareo) mientras se dispersaban por todo el teatro, como en estampida, aunque, eso sí, ninguno llegó a alzar el vuelo.
El concierto se cerró con Status: Seventeen, as for June 2025 (subject to further change) de Alireza Shahabolmolkfard. Shahabolmolkfard es iraní y compuso su obra en forma de lamento: de hecho, la pieza comienza con las mujeres del coro entrando en escena con velos negros y luminarias en las manos, en procesión de duelo, seguidas por los hombres con dos trozos de madera en sus manos que usarán como eficaces instrumentos percutivos. Viniendo de Irán, el país de los ayatolás, uno entiende que hay motivos de sobra para el lamento, y se compadece. Pero Alireza en realidad se estaba lamentando por la muerte de Pirouz, un ejemplar de guepardo persa nacido en cautividad y que no pudo ser salvado de un grave problema de salud, pese a la intervención a la desesperada de un equipo de cirujanos. El guepardo persa es una de las especies animales más amenzadas del planeta, pues, al parecer, en junio de 2025 sólo quedaban diecisiete ejemplares salvajes (y de ahí el título de la obra). Pirouz “fue llorada en todo Irán”, se nos dice en las notas, convirtiéndose en 2023 en “símbolo nacional de una esperanza frágil y de una pérdida irreversible”, y se proyectó hasta un vídeo del felino en la mesa de operaciones. Irán, el país regido por una de las teocracias más deleznables del planeta, el de las más de mil ejecuciones (de humanos) al año, el de las torturas, desapariciones y represión sistemática y violenta de mujeres, homosexuales y minorías religiosas. Reconozco que llegados a este punto, donde el adanismo simplista y buenista interfirió con la más elemental ética, la cosa dejó de hacerme gracia.
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