Sin acentos no hay emoción
REAL ORQUESTA SINFÓNICA DE SEVILLA | CRÍTICA
La ficha
***XXVI Temporada de conciertos. Programa: Obertura ‘Egmont’ op. 84, de L. van Beethoven; Concierto para piano y orquesta nº 2 en Sol mayor Sz. 95 BB101, de B. Bartók; Sinfonía nº 5 en Mi menor op. 64, de P. I. Tchaikovski . Piano: Juan Pérez Floristán. Director: György Györiványi Ráth. Lugar: Teatro de la Maestranza. Fecha: Jueves, 20 de febrero. Aforo: Casi lleno.
Juan Pérez Floristán cerró anoche el ciclo de los tres conciertos para piano y orquesta de Béla Bartók, un desafío ambicioso culminado con el terrorífico segundo concierto. Lo decía András Schiff: “Para el pianista, es una pieza que rompe los dedos. [Es] probablemente la pieza más difícil que he tocado, y por lo general termino con el teclado cubierto de sangre”. No llegó a tanto el pianista sevillano, pero sí que le aplicó una inmensa cantidad de energía y agilidad, con esos dos movimientos extremos en los que Floristán brilló por la precisión de su pulsación y por sentido del color y del sonido percutivo del piano, combinado con un fraseo muy cuidado en tiempo central arropado por el terso sonido de las cuerdas. Ráth prestó especial atención a poner de manifiesto el complejo contrapunto y la densa escritura orquestal, con momento muy bellos en el Adagio.
Lástima que Ráth iniciase el concierto con el peor Egmont que he escuchado en vivo: pesante, sin tensión, lento, sin acentuaciones, sin contrastes, con una orquesta desmedida a la que le costaba trabajo articular. Algo similar ocurrió en buena parte de la obra de Tchaikovski, salvo en el solemnne y triunfal último tiempo, con una ROSS rutilante y magistral en la que sobresalieron todos los metales, con especial mención de la trompeta que tanto protagonismo tiene en el concierto de Bartók y la trompa, con ese bellísimo solo en el Andante cantabile de Tchaikovski. El primer tiempo de la sinfonía se abrió con una introducción lenta y sin chispa, continuó sin tensión y ofreció una segundo tema lánguido y soso. Fue bellísimo el arranque del segundo tiempo con contrabajos y violonchelos explotando el bello color de sus registros graves. El vals resultó plano, con acentuación tan liviana que sonaba lánguido y sin vida.
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