Con palmas y confeti

ROSS. Concierto de Año Nuevo | Crítica

La soprano Chen Reiss y la ROSS dirigida por su titular, el onubense Lucas Macías.
La soprano Chen Reiss y la ROSS dirigida por su titular, el onubense Lucas Macías. / Marina Casanova

La ficha

REAL ORQUESTA SINFÓNICA DE SEVILLA

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Concierto de Año Nuevo. Solistas: Chen Reiss, soprano. ROSS. Director: Lucas Macías.

Programa

Gioacchino Rossini (1792-1868): Obertura de La gazza ladra [1817]

Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791): Exsultate jubilate KV 165 / 158a [1773]

Piotr Ilich Chaikovski (1840-1893): Vals de las flores de El Cascanueces Op.71 [1892]

Johannes Brahms (1833-1891): Danza húngara nº5

Johann Strauss II (1825-1899): Eljen a Magyar! [Larga vida al Magyar] Op.332 [1869] / “Klange der Heimath” [czardas] de El Murciélago [1874] / Künstlerleben [Vida de artista] Op.316 [1867]

Franz Lehár (1870-1948): “Meine Lippen, sie küssen so heiss” de Giuditta [1934]

Johann Strauss II: An der schönen blauen Donau [El bello Danubio azul] Op.314 [1866]

Lugar: Teatro de la Maestranza. Fecha: Sábado, 3 de enero. Aforo: Lleno.

Aunque su relevancia artística es por completo marginal, el Concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena es sin duda el acontecimiento vinculado a un conjunto de música clásica más popular del mundo. Su extraordinaria difusión televisiva ha provocado la mímesis por todo el orbe. En Sevilla la ROSS ha mantenido con altibajos la tradición, pero como en las últimas ediciones el evento ha llenado las casi 1800 butacas del Maestranza, la cita empieza a consolidarse, que no es cosa de dejar pasar una de las pocas ocasiones en que la orquesta puede hacer caja. Y lo hace usando una fórmula en la que a las polcas, marchas y valses típicamente vieneses –que suelen ocupar la segunda parte del concierto– se unen en la primera piezas de diversa tipología. Últimamente además se ha hecho común la presencia de un solista vocal, casi siempre una mujer. Esta vez fue la soprano israelí Chen Reiss (Herzliya, 1979), nombrada “Artista residente en la temporada”, supongo que porque la semana próxima volverá a actuar con el conjunto (cantando nada menos que los Cuatro últimos lieder de Strauss, una de sus grandes especialidades, en el 7º programa del Ciclo Sinfónico, otra vez con Lucas Macías en el podio). Al final, todo termina además como se espera: con la Marcha Radetzky de propina, palmas y confeti. Así que los espectadores parecen disfrutar, la orquesta gana unos eurillos y el teatro se promociona entre público poco habitual. Todos contentos.

Desde el punto de vista musical, hubo sus más y sus menos. Lucas Macías, que dirigió todo el programa de memoria, abrió la velada delineando una obertura de La gazza ladra de Rossini especialmente lograda: chispeante, suelta, ligera, con un empaste exquisito y un pulso natural que evitó cualquier tentación de aparatosidad. Fue, con diferencia, lo mejor de toda la noche y un recordatorio de que esta orquesta, bien guiada, puede ofrecer resultados de alto nivel. Salió entonces Reiss para cantar una pieza sacra, un motete (Exsultate, jubilate) que Mozart escribió con apenas diecisete años durante uno de sus viajes a Italia, destinado a la voz de un castrato. Chen Reiss se mostró en la obra como una soprano esencialmente lírica, de timbre hermoso y fraseo elegante. El acompañamiento orquestal comenzó algo pesado para una voz de proyección más bien delicada, pero fue ajustándose progresivamente hasta encontrar con ella un equilibrio razonable. Reiss resolvió la coloratura con contención y musicalidad, evitando el virtuosismo gratuito, y ofreció un “Alleluia” final más recogido que exultante, quizá demasiado prudente para una pieza que admite un punto mayor de arrojo y brillantez.

Chaikosvki escribió en su Cascanueces uno de los valses más populares del repertorio. Macías lo programó acaso como como preludio a los valses vieneses de la segunda parte del concierto. E interpretativamente pareció en efecto un señuelo: gran limpieza de línea y tempo muy regular, incluso algo rígido. Los solistas de la ROSS pudieron exhibir su estupendo nivel técnico, pero faltó algo de aliento y flexibilidad, como sucedería en los valses straussianos después del descanso.

La segunda parte arrancó también de manera formidable: tanto la Danza húngara nº5 de Brahms como la polca rápida Eljen a Magyar! de Johann Strauss II fueron explosivas y brillantes, con una orquesta entregada y eficaz. En cambio, los grandes valses –Vida de artista y El bello Danubio azul– resultaron mucho más modestos. Puede que aquí pesen las referencias (inevitables por el peso del acontecimiento vienés), pero por más que el director onubense buscara cierta flexibilidad rítmica y apuntara a ese deseable rubato, esta música pide una morbidez, una dejadez sensual y un refinamiento tímbrico que no acabaron de aparecer. En cambio, en las dos páginas de opereta, Reiss volvió a mostrarse elegante y estilísticamente segura, pero fue con la Giuditta de Lehár con la que alcanzó su momento más sugerente, con un fraseo de extraordinaria sensualidad y una complicidad mayor con la orquesta, que subrayó exultante los giros españoles del ritornello. Tras El bello Danubio azul y la inevitable propina del Strauss padre en la que aún resuena todo el Antiguo Régimen, el público respondió con entusiasmo. Objetivo cumplido.

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