El viaje interior

El viaje a Italia | Crítica

Machado Libros recupera 'El viaje a Italia' del profesor Attilio Brilli, en el que se ofrece una idea conjunta del secular fenómeno cultural y humano de la peregrinación a una de las grandes fuentes de la cultura occidental

El escritor y ensayista italiano Attilio Brilli (1936)
El escritor y ensayista italiano Attilio Brilli (1936)
Manuel Gregorio González

20 de agosto 2023 - 06:00

La ficha

El viaje a Italia. Attilio Brilli. Trad. Juan Antonio Méndez. Machado Libros. Madrid, 2023. 464 págs. 22,90 €

Este espléndido libro de Attilio Brilli, ahora recuperado, comienza con una caballerosa inexactitud, atribuible a una desmesurada cortesía. Dice Brilli que este libro ofrece una visión conjunta del acercamiento de Italia a Europa, a Norteamérica y al resto del mundo. La verdad, como resulta obvio, es la contraria. La secular tradición del viaje a Italia es la historia de un acercamiento de culturas foráneas, y manifiestamente inferiores, a un venero milenario que ha conformado la cultura humana hasta ayer mismo. Un venero, como es sabido, de doble significación, pues no se trata solo de la herencia clásica, en su robusto espesor grecolatino, sino de la tradición cristiana, que se asienta perdurablemente en Roma, y del vasto uso que hará de la Antigüedad el orbe cristiano.

En el Grand Tour, el viaje mismo será parte principal de la formación de las élites europeas y americanas

Este viaje, pues, debe empezar por los viajes homéricos. Sin embargo, es el testimonio de los peregrinos a Roma, las notas diplomáticas y los desplazamientos de carácter comercial, quienes irán configurando el grueso de la literatura sobre Italia, hasta llegar a la hora grave y mayúscula del Renacimiento, donde se unirá, a las crónicas de carácter piadoso, cortesano o lucrativo, el viaje de naturaleza cultural y pedagógica, el Grand Tour, en el que el viaje mismo será parte principal de la formación de las élites foráneas (europeas y de la América española, en primer término), enviadas allí para educar su mirada en el arte clásico. Esto es, para un viaje interior, sustentado en la maravilla externa. Solo mucho más tarde, en la segunda mitad del XVIII, la mirada del viajero prestará también su atención al paisaje. Momento en el cual destacarán los viajeros ilustrados o románticos, a la manera de Smollett, Goethe, Moratín, Stendhal y un inagotable etcétera, pero entre los que no debemos contar al señor Rousseau, joven residente en Venecia, cuya virtud descriptiva, como la de tantos otros en aquella hora, resulta inexistente.

Esta secular admiración por los tesoros de Italia, cuya parte principal consiste en la Antigüedad y sus posteriores ecos (renacentista, barroco, neoclásico...), es la que se recoge aquí a través de la mirada absorta del viajero. Un viajero al que, a veces, le sobran los propios italianos; y cuyo mayor peligro, según nos recuerda Brilli, es la lenta destrucción que implica el turismo de masas.

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