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"Llevo 30 años dando clase en las 3.000 y me quiero jubilar en las 3.000". Esto fue lo que me dijo una profesora dedicada a la enseñanza en el Polígono Sur sevillano durante toda su carrera profesional. La llamé para participar en un reportaje que surgió tras las llamativas declaraciones de Ana Oramas en el Congreso, en contra del barrio sevillano y que no hacía más que extender el tópico.

Aquel reportaje me enseñó mucho. De la manera maravillosa que te enseña el parar y el escuchar durante horas a la gente. El preguntar por desconocimiento absoluto, en una conversación de tú a tú en la que alguien te cuenta una historia que no quieres que se acabe.

Me llevé pensando la declaración de arriba semanas. Mi intención era resaltar la labor de las asociaciones culturales, así como del personal educativo que verdaderamente conoce lo que se hace allí, en el barrio más denostado de toda la capital sevillana. Lo hice, pero con una modificación final. Lo que podía haber sido un titular llamativo se quedó en aquella conversación telefónica. Aquella docente, enamorada de su lugar de trabajo y de su vasta cultura, me admitió que cada día era un reto. "Las niñas se me van muy jóvenes", me contó. "Hay que lidiar también con eso".

Es muy fácil pensar que en el Polígono Sur esta labor sea necesaria. Pero también lo es en barrios en los que, en apariencia, todo funciona de manera ordinaria. La educación determina y mucho la libertad del individuo mostrándole otros caminos posibles. Sin entrar en si estas opciones son mejores o peores que las que ya tenían. Se trata de abrir el abanico y de animarlos a que conozcan un poco más.

De mi generación soy la única sin hijos. Un entorno rural marcó mi infancia. Un lugar sin acceso a la cultura, más allá de la agraria, que convertía a las mujeres en trabajadoras del hogar sin recursos y a los hombres en obreros maltratados por la inclemencia y crueldad de los campos labrados. Vi marcharse a las mujeres, poco a poco, seducidas por amores jóvenes que hoy son los padres de sus hijos y me sentí rara. Rara y egoísta. Por pensar que debía haber algo más allá de los cipreses de la entrada que cercan los límites de la pedanía donde me crié.

Ahora, agradezco enormemente a profesores con la misma dedicación de la mujer que abre esta columna que me hablaran de algo más. Que me animaran a darle la vuelta a todo aquello que se te marca por destino. Que decidiera por mí misma cuál debía ser mi futuro. Porque fueron sus libros, sus ideas y su dedicación vocacional lo que sin ninguna duda me ha traído hasta aquí.

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