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Cada madrugada de los viernes, allá por el 88, El perro verde sacaba de la chistera personajes inauditos que nunca habían tenido su sitio en la pantalla (La Esmeralda, El Beni), figuras de relieve que se sinceraban como nunca (Lola Flores, Julio Iglesias) y flancos indescifrables como El Cojo Manteca o El Comandante Cero. Jesús Quintero en el rol de El Loco de la Colina le daba una paliza a aquellos televisores que tenían pocos botones. Y se producía desde Sevilla. Un programa que no tenía nada que ver con lo que se había visto hasta entonces, alejado de la voluntariosa factoría de Telesur. Andalucía, gracias a Quintero y su equipo, dio lecciones en TVE de cómo renovar la parrilla sin tirarse de los pelos.

De aquel programa sobrecogió la conversación de Rafi Escobedo, en su celda de El Dueso, pocos días antes de que el asesino de sus suegros, los duques de Urquijo, dijera adiós. Lo de Escobedo terminó de elevar a mito outsider, a señor de las madrugadas auténticas (sin realities) al onubense, fascinado por las rejas y los enrejados.

Fue después El lobo estepario (¿alguien se acuerda de Onda 10, segunda emisora de Onda Cero?) cuando dio paso a La boca del lobo y a Cuerda de presos para Antena 3, enviado al quinto pino del reloj. Quintero fue fichado más como jarrón exótico que como el valor de renovación audiovisual que siempre tuvo como potencia. Su gira por los penales en 1996 pasó de largo por las intempestivas horas mientras que para el prime time de aquellas cadenas se reservaban cosas como Walker Ranger Texas o Ay, Señor Señor, con Pajares.

A Jordi Évole le marcó aquel relegado programa y ahora también ha intentado sacar historias del trullo, entre ellas la de un tipo insano como Oriol Junqueras, autoinvestido como Gandhi del Vallès. El de ERC dice que él ha sabido jugar a las cartas. Es un falso místico de esa caterva irresponsable empeñada en seguir despeñándose, arrastrando al actual gobierno. Quintero era infinitamente más hábil que Évole. Y no vendía salvadores. De nada ni de nadie.

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