Un fantasma, parafraseando a Marx, recorre Europa: la deselección. Es un concepto acuñado por Pierre Rosanvallon, que hablaba de la era de la deselección: la pasión de votar contra quien ocupa el poder. Se trata de una política negativa: no elegir sino deselegir; no tomar partido mirando al futuro, sino castigar al que gobierna mirando al pasado. No votar gobernantes, con uve, sino botar gobernantes, con be. Ir a las urnas con entusiasmo a defenestrarlos, mandarlos a casa, finiquito y puerta. Es mas, ese desapego institucional, de un tiempo a esta parte, ya no se conforma con liquidar a los dirigentes, y a menudo incluye también a sus partidos, los viejos partidos, para enviarlos al basurero de la Historia.

   El cambio, el instinto de cambio, es muy poderoso. Se trata de una palabra casi mágica en los eslóganes electorales. Desde el mítico ‘Por el cambio’ de Felipe en 1982 a la llegada de Podemos con ‘Empieza el Cambio’; del ‘Time to change’ de Clinton al ‘Change, we can belive in’ de Obama; del ‘Changer la vie’ de Mitterrand a ‘Le changement, c’est maintenant’ de François Hollande, y tantos otros. Cambiar, cambiar, cambiar... Deselegir y cambiar.  En Andalucía, sin embargo, las cosas parecen distintas. Una vez más, las elecciones ponen a prueba no la pasión por el cambio, sino la pasión contra el cambio. La excepción andaluza. Y es una paradoja porque el balance de gestión, del paro a PISA, resulta como mínimo volcánico. Así que la pregunta es ¿pero puede cambiar Andalucía? O quizá sea ¿por qué Andalucía no quiere cambiar? Las hipótesis, del conservadurismo a la satisfacción, solo son hipótesis. Pero, una vez más, hay algo seguro: estas elecciones no examinan el instinto de cambio, sino la resistencia a cambiar.

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