Análisis

Roberto Pareja

La mano izquierda que Juan Carlos I echa de menos

Que levante el mano el que dude de que el manifiestamemte mejorable guión de la marcha del Rey emérito se habría escrito mejor con el concurso de su amigo Rubalcaba 

El rey Juan Carlos con Alfredo Pérez Rubalcaba recién elegido secretario general del PSOE en febrero de 2012. El rey Juan Carlos con  Alfredo Pérez Rubalcaba recién elegido secretario general del PSOE  en febrero de 2012.

El rey Juan Carlos con Alfredo Pérez Rubalcaba recién elegido secretario general del PSOE en febrero de 2012. / Manuel H. de León (EFE)

Los Reyes de España se adaptan a duras penas, como el resto de sus compatriotas, a la nueva normalidad que imponen (a todos) la lucha contra el Covid-19 y (a ellos) el viaje ultrasecreto de Juan Carlos I, un binomio de peliagudas circunstancias que hacen de éstas unas vacaciones del Monarca tan atípicas como rocambolescas.

La agenda de Sus Majestades de cara a su estancia en Baleares está irreconocible. Si otros años eran contadas sus apariciones en público, en esta ocasión tienen por delante una vasta programación, plagada de actos oficiales en varios puntos de las islas hasta el 18 de agosto. Como si estuvieran en campaña...

No habrá posado oficial de los Reyes con sus hijas, ni la recepción que tradicionalmente ofrecen a miembros de la sociedad civil en el palacio de La Almudaina, pero el Monarca y compañía no van a tener respiro ante la cohorte de periodistas que los sigue como una sombra  para escudriñar cada uno de sus gestos y reacciones. Sobre todo  cuando brote, como brotó este lunes,  de entre los curiosos que se concentran a su alrededor para mostrarles apoyo o repudio la pregunta del millón: "Dónde está tu padre?"

Una  travesía en la que don Felipe y doña Letizia estarán arropados por tres ministros del Gobierno de coalición de Pedro Sánchez con Unidas Podemos, todos con carteras ligadas, obviamente, al PSOE (Isabel Celáa, Fernando Grande-Marlaska y Reyes Maroto), lo que cabe interpretarse como una manera del Ejecutivo de arropar a  la Familia Real.

Es otra evidencia de que el presidente del Gobierno ha aparcado sus pulsiones republicanas y ha dispuesto una defensa a ultranza de la Monarquía y, por ende, de Felipe VI, con el que ha vivido algún que otro momento tenso.

Tensión y duelo

Como el 11 de mayo de 2019, en la capilla ardiente de Alfredo Pérez Rubalcaba, un hombre clave en el proceso que alumbró la coronación de Felioe VI, ya que colaboró proactivamente en que la abdicación de Juan Carlos I en junio de 2014 se consumara sin sobresaltos entre los socialistas. 

No fue de extrañar que Felipe VI y la Reina permanecieran casi una hora en la capilla ardiente que se montó en el Congreso de los Diputados en el último adiós al que fuera secretario general del PSOE, que había fallecido a causa de un ictus. Lo que sí resultó chocante fue el roce entre el presidente del Gobierno y el Monarca, que le reprochó a Sánchez que hubiera iniciado la ronda de consultas con el resto de líderes de cara a su investidura tras las elecciones generales de abril, algo que corresponde al Jefe del Estado. La cara de doña Letizia, entre ambos, era un poema que daba fe de que no se estaban diciendo nada bonito ni mucho menos propio de una capilla ardiente.

Sánchez fue finalmente investido con los votos de separatistas y filoetarras, lo que no auguraba nada bueno en la relación entre el presidente del Gobierno y el Jefe del Estado.

Nada que ver con la que mantenía el Rey emérito con el anterior líder socialista. 

Incluso eran amigos. La chispa saltó en las Olimpiadas de Barcelona. Rubalcaba era ministro de Educación y Ciencia con Felipe González. Tenía un banderín de enganche con el Rey: el deporte. "Señor, hoy tenemos posibilidades en vela". Y se juntaban para animar a los regatistas. El político socialista tenía 40 años (14 menos que su compañero de fatigas en las gradas o ante el televisor) y había sido una joven promesa del atletismo español hasta que una grave lesión truncó su carrera de velocista, aunque la agilidad mental nunca la perdió.

Desde entonces, ambos mantuvieron una relación de "respeto, franqueza y afecto", según el segundo, que se llevó a la tumba más de un secreto de Estado, como los problemas con los tejemanejes de Iñaki Urdangarín o el accidente fatal de Botsuana, que marcó el principio del fin de su reinado. 

Rubalcaba admitió en una de sus últimas entrevistas que el Rey le desveló que abdicaría en junio de 2014 y que le pidió ayuda para el delicado trance. Por ello retrasó su dimisión como líder socialista después de los malos resultados de su partido en las elecciones europeas de mayo de ese año. El entonces presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, también elogió la actitud "seria, ejemplar y con sentido de Estado" de Rubalcaba.

Juan Carlos I hasta le pasaba sus discursos de Nochebuena (siempre se deslizan por el tamiz de Moncloa, lo raro es el filtro del jefe de la oposición como era Rubalcaba) por si estimaba precisa alguna corrección o matización u apreciaba alguna omisión... Nunca se podrá ya saber, pero resulta bastante dudoso que con el añorado líder del PSOE como consejero aúlico se hubiera vivido la oscura sucesión de acontecimientos en curso desde que el Rey emérito anunciara que se marcha de España. El guión es manifiestamente mejorable. Por ejemplo, en el apartado de la transparencia. La dosis de suspense es irreprochable, aunque suma menos de lo que resta en esta película.

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