La ventana

Luis Carlos Peris

lcperis@diariodesevilla.es

La Alameda como baremo de la ciudad

Ayer no, ayer era un lunes con los ropajes de un domingo cualquiera, como la antesala de retornar a un castigo bíblico que las circunstancias han convertido en una bendición, el trabajo. Ayer, Día de los Difuntos, la Alameda había vuelto a su aspecto habitual, nada que ver con el bullicioso y abigarrado del largo fin de semana que significó superar la frontera de octubre a noviembre. Porque hay que ver cómo ha estado la Alameda en este fin de semana, cómo era tarea imposible encontrar sitio en cualquiera de sus abrevaderos. Era como si no pasara nada, como si el bichito cabrón ni estuviese ni se le esperase, una normal normalidad sin nada que ver con la nueva que nos vende, o vendía, el mandarinato que nos tiene sojuzgados. Pero ayer, festivo por todo el día, ya no estaba así, sino que era el reflejo de cómo Sevilla se desertiza para encogernos los adentros. Qué triste.

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