Crónica Levantisca

J. M. Marqués Perales

jmmarques@diariodecadiz.com

Años veinte

Pasa una mujer y vende entradas para fiestas en unos piso; hay bebidas, diversión y prohibiciones mancilladas

Sevilla es una piccola Roma, con su Trastriana, dos de los mejores emperadores, su río y su exuberante barroco que aguarda en interiores de templos que en otras ciudades podían ser hasta catedrales. No tenemos el Vaticano pero sí Palacio, y aunque el arzobispo no mande como el Papa en la ciudad del Tíber, el peso de la Iglesia con su vertiente popular es tan aplastante como el de la curia en la política italiana. El Observatore Romano no dedica tanto espacio a la cuaresma y a la semana de Pasión como los rotativos sevillanos, que han hecho de la crónica cofradiera un epígrafe propio dentro de lo local.

Y como Roma, es exuberante, se desborda y es un tanto golfa; no es que sea Barcelona ni es ya la de Silvio y el Don Gonzalo, prólogo de una contracultura en España que algunos estudiosos señalan en la ciudad y la influencia en ésta de las bases de Estados Unidos.

La pandemia nos robó la primavera y nos ha quitado la noche, pero como en los tiempos de la ley seca hay quien se resiste a dejar escapar estos días como si fuesen los últimos de sus vidas. En algunas terrazas de algunos barrios sevillanos pasa una mujer que vende entradas para fiestas clandestinas en algunos pisos; hay bebida, diversión y prohibiciones mancilladas. Imagínense. Se entra antes de las once de la noche y ya no se sale hasta las seis de la mañana, o eso creo entender. Si no fuese por ese superyó responsable que llevamos dentro, por ese Pepito Grillo de la conciencia, pagaba y me marchaba a buscar a Gambardella en esas fiestas romanas de La gran belleza. En otros barrios de Sevilla se están alquilando pisos por meses para fiestas menos promiscuas, para grupos de amigos conocidos que viven como una frustración letal lo de no cerrar bares.

Hay muertos que aún están por llegar, 3.000 andaluces ingresados que, en el mejor de los casos, ven caer la noche desde los cristales del hospital, y aunque la diversión también se abre paso entre la muerte hasta en las guerras y las grandes depresiones económicas, esta vez es distinto. La naturaleza antisocial es que en el contacto humano lleva el mal. Buena parte de los terribles datos de contagios del Covid en la ciudad de Granada está relacionada con el juerguerío universitario de los inicios de curso.

Sostienen que cuando la vacuna sea registrada por una agencia estatal habrá que suspender las cotizaciones bursátiles por las alzas hercúleas de muchos valores y que será entonces cuando comiencen los felices años veinte del siglo XXI , una década de gasto privado, vanguardias y excesos que, esperemos, no nos conduzca, en círculo, a las terribles guerras del XX.

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