Visto y Oído

francisco / andrés / gallardo

Apestados

EL arranque de Rabia es una fugaz parábola sobre la autodestrucción (gran Jesús Olmedo), el punto de arranque para un apocalipsis de esos que narran los informativos. Mediaset ha convertido los temores populares en ficción, transfigurados en apestados, en marginados que se rebelan y huyen, entre la persecución de los servidores del sistema y la indignación de quienes protestan por el trato que reciben. De nuevo la alegoría sobrevuela en esta cáscara de película de terror menor, de esos horrores de bajo presupuesto e imaginación que nos remonta a la escuela de Ibáñez Serrador y a una versión mejorada de la encantadora fábrica de Paul Naschy. Aquellos seriéfilos exquisitos de inmediato tildan al estreno de Cuatro de "mala", cuando es un producto entretenido en tramas y curioso en personajes: una serie que no va a causar la ilusión familiar, pero sí va a gustar entre adolescentes y fans del género de terror. Cuatro es su canal. El piloto está mejor que la petarda Scream Queens y me arriesgo a decir, antes de que me asesinen, que tiene más pulso que Fear the walking dead, que goza de más presupuesto y de no sufrir la servidumbre de la hora y media.

Los de Rabia son leprosos del siglo XXI, tipos que se pueden convertir en Hulk malignos, en zombis cabreados, sin saber quién puede desarrollar esta enfermedad mientras que la policía (Adriana Ozores nunca falla) no se va a andar con chiquitas contra los sospechosos. La pareja que debe llevar el peso, Carles Francino y Patricia Vico, aún tiene que desarrollarse, y esa prolongada duración obliga a los creativos de la productora Isla a estirar algunas escenas melodramáticas. Rabia, grabada con ímpetu voluntarioso en los pinares de Coín, es una serie B digna, con limitaciones de presupuesto, carencias a las que se sobreponen actores y guión, dentro de un género que tiene el riesgo de caer en el ridículo. Es una serie "de miedo" con carga de intriga: tiene su público y habría que valorar este esfuerzo de Mediaset, donde el terror, como en Gran Hermano, les sale sin querer.

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