La aldaba
Carlos Navarro Antolín
¡Moción de censura en Los Remedios!
Hace menos de un año que supe que un sevillano ilustre, triunfador en su oficio, hizo a los suyos una de las más hermosas confesiones: “Sólo aspiro ya en esta vida a una buena muerte”. Lo hizo con alegría, con satisfacción por los deberes cumplidos, con alegría por dejar a sus maravillosos hijos con el futuro encarrilado, que no regalado. Este profesional no es de los que dejó a sus hijos colocados, que no es lo mismo colocar a alguien que darle la oportunidad de demostrar su valía en un trabajo Recordaba el testimonio de este sevillano con ocasión de la muerte de otro: Pedro Arriola (Sevilla, 1948-2022) . El Panoramix del PP nacional durante muchos años se nos ha ido en silencio. Tantos años en nuestras crónicas, en las informaciones periodísticas sobre augurios y vaticinios, tanto tiempo hasta en el nuevo vocabulario que acuñamos para definir a los que lo imitaban (los arriolos) y resulta que se nos marchó en una muerte becqueriana... Qué solos se quedan los muertos. Tantos años viéndolo en esas bullas del 15 de agosto que buscan el olor a nardo de la Virgen de los Reyes, porque nunca abandonó sus raíces sevillanas. Tantos años de sevillanía ejercida en la discreción...
Todavía conservamos el papel donde dejó a lápiz su pronóstico de las elecciones municipales de 2011 en Sevilla, unos comicios verdaderamente históricos porque jamás cayó el PSOE tan bajo ni el PPllegó tan alto. No se equivocó el gran gurú del centro-derecha español. La mayoría absoluta estaba fijada entonces en el Ayuntamiento sevillano en 17 concejales. Arrriola se la jugó a que el PP lograría como mínimo 18 ediles. Garantizaba un gobierno holgado nunca conocido en la historia de la democracia en Sevilla. Comenzó el escrutinio y aquello fue el paseo militar pronosticado por don Pedro. Tan fue así que el PP tenía asegurados 19 concejales cuando Juan Ignacio festejaba la victoria en el balcón de la sede regional de la calle San Fernando. Y estando en plena celebración llegó la noticia del vigésimo concejal. Se desató la locura.
Arriola acertó. Zoido fue llevado en volandas a una discoteca de la calle Betis, donde fue manteado. A la mañana siguiente se le abrió el camarín de la Macarena para que orara ante la Virgen de la Esperanza en compañía de sus familiares y del sacerdote Ignacio Jiménez Sánchez-Dalp, hoy capellán real de la Catedral. Diez años después recuerdo aquel vaticinio a lápiz. Los sondeos daban 17 concejales, pero Arriola apuntó a 18. Se atrevió a vaticinar la mayoría absolutísima. Brille para él la luz perpetua y la paz de los muertos de Bécquer. Arriola tuvo una buena muerte, becqueriana quizás, pero seguro que en paz por su Virgen de los Reyes, con la que encontraba cada año en las bullas de agosto.
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