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DERBI Sánchez Martínez, árbitro del Betis-Sevilla

Acción de gracias

Aurora

Si hoy nos erguimos firmes como árboles se debió a sus cuidados, a esa forma de riego que llamamos cariño

Mi sobrina Lucía nos pidió que reparáramos en el significado de su nombre, Aurora, que invoca a la luz y tiene algo de promesa, y entonces un recuerdo cálido como ese sol primero, ese sol que ella buscó tan a menudo, tantas tardes, nos templó el ánimo. Del dolor y la tristeza, también del amor que se nos movía por dentro como un magma, emergió otro flujo poderoso, el de la gratitud. Si hoy tenemos algo de roble o de nogal, si nos erguimos firmes como árboles, si poseemos raíces, se debió a sus cuidados, a esa forma de riego que llamamos cariño, que podríamos llamar también educación, a que ella entendió el componente sagrado de la infancia y levantó un hogar para nosotros. Una casa no se construye con ladrillos: es otra la argamasa, son otros los materiales, lo dije hace semanas en una charla sobre poesía sin intuir que hablaba de mi madre. Sus hijos volvimos en la memoria, esa mañana en el cementerio, tras recordar su nombre, a aquellos años, a esa mujer que organizaba comidas y celebraciones por cualquier motivo, porque quería que fuéramos de la alegría, que vinculáramos nuestro carácter al verano; la evocamos levantando la persiana y entonando Las mañanitas, estas son las mañanitas que cantaba el rey David, porque era el santo de alguno de nosotros; también llevándonos al cine cogidos de su mano, porque allí, en los paisajes y la fotografía de las películas, hallaba la belleza que había volcado en los cuadros que dejó de pintar -también le gustaban los libros amables, esperanzados, de la misma materia de la que se componía su fe-. Una duda: ¿cómo se describe algo tan infinito como una madre? Y una certeza: el recuerdo, como si se impusiera el afecto a la pena, se parece a esa mano, su mano, que venía a arroparnos en la noche. Cuando viajábamos a algún destino distante, ya mayores, tal vez por el largo desplazamiento, ella nos preguntaba siempre, a la vuelta, si nos había valido la pena. ¿Le compensaron a ella los desvelos, el sacrificio, de dedicarse a nosotros? ¿Nos contemplaría con orgullo?

Este miércoles, tras dejar sus cenizas, pensé al observar a mis hermanos algo que habría hecho feliz a mi madre: que sus hijos, también sus nietos, creemos en la bondad, en el respeto al prójimo, intentamos ir por esa senda como ella nos inculcó, y entonces vi nítidamente las figuras de aquellos árboles recios, sus raíces y sus hojas, sus flores, el fruto de lo que ella había cuidado. Me acordé también de una fotografía que nos conmueve, con ella y mi padre jóvenes, un agosto en la playa, y sentí que la luz y la promesa encerradas en esa imagen se perpetuaban en los que les seguimos. Su herencia será la claridad. Llevamos, llevaremos por siempre, un trozo de la aurora dentro de nosotros.

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