como en botica

José / Rodríguez De La Borbolla

Braguitas y calzoncillos republicanos

21 de junio 2014 - 01:00

DICEN que Pierre Chaunu, ilustre hispanista francés, le preguntó a Manuel Giménez Fernández, sabio ex ministro republicano sevillano: "¿Cuál es, en su opinión, la razón de que los españoles sean tan dados a los pronunciamientos, guerras civiles y enfrentamientos sangrientos, en general?" "Es una consecuencia del porcentaje", respondió don Manuel. "¿El porcentaje? ¿El porcentaje de qué?", inquirió el francés. "Pues el porcentaje de malandrines que hay en España. Aquí hay un 10% de gente de derechas y un 10% de gente de izquierdas; y un 80% de granujas que se apuntan a un lado u otro según las circunstancias", sentenció el maestro.

Sin calificar a nadie, me he acordado del "porcentaje" con ocasión del repentino furor republicano que se ha extendido en algunas capas y castas internaúticas de entusiastas de la democracia "instantánea". Aunque ya, con toda normalidad, Felipe VI es Rey, añadamos algo.

Dijo Alfonso Guerra el pasado día 10, con ocasión del debate que se produjo en el Grupo Socialista sobre la abdicación de Juan Carlos I: "Tenemos una imagen de la República (se refería a la Segunda) como una sola realidad política, pero no es así. República hubo cuatro: la de colaboración de clases con los partidos burgueses hasta el año 33, la de la derecha extrema hasta el 36, la del Frente Popular hasta la sublevación de una parte del Ejército, y la de la guerra. Y no con todas me siento identificado". ¡Bien dicho! Es el primer político español de izquierdas, creo, que ha dicho una cosa así, y merece la pena seguir ese camino.

Ni la Primera ni la Segunda República, en mi opinión, fueron épocas globalmente positivas para la historia del país. El propio origen de ambas, que las convirtió en regímenes de una parte de los españoles contra los otros; la crispación y enfrentamientos sociales previos y potenciados durante su existencia; las improvisaciones y la vocación de profetas y de aprendices de brujos de muchos de sus respectivos líderes políticos, que podían ser grandes intelectuales, pero que eran bastante impresentables -salvo honrosas excepciones- como dirigentes de una nación; y sus respectivos finales: "Todos fuimos culpables", escribió Vidarte. Por eso, algunos españoles, republicanos de vocación pero conocedores de España, como Alfonso Guerra, no se sienten identificados, en su totalidad, con nuestros pasados republicanos; y otros españoles, también republicanos de aspiración y de intelecto, como yo, no nos sentimos tampoco identificados con esa parte de nuestra historia en casi nada.

Pues bien, la bandera republicana, esa tricolor tan ondeada estos días, es la bandera de esos períodos. Es la bandera de dos fracasos nacionales. No es la Bandera de una República española futura, que sería, en su caso, la que dijeran los españoles en su momento. No creo, por tanto, que haya que mitificarla, ni adorarla, ni ridiculizarla: se han visto hasta camisetas de fútbol tricolores, en el Parlamento andaluz. Puestos a hacer profesiones de fe, a lo mejor sería bueno que esos republicanos de bandera se mandaran hacer braguitas y calzoncillos republicanos, que es lo que hacen los británicos con la Union Jack, en la que creen porque tienen motivos. ¿Habrá algo más íntimo, más comprometido, más encarnado en uno mismo, que llevar ropa interior "abanderada", con lo que uno cree, pegadita a lo más nuestro? Tiren por ahí, y déjennos en paz a los demás.

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