Postrimerías

Brujos

Es un discurso viejo, pero seductor, el que descree de la ciudadanía y apela a la vez a la nación y la clase

En diciembre se cumplirán treinta años de la disolución oficial de la URSS, un formidable e insospechado cataclismo que sigue condicionando la vida política de Rusia aunque la gigantesca federación, el país más extenso del mundo, no justifique ya su vocación imperialista bajo la coartada del orden soviético. En esos primeros noventa, pareció que las democracias liberales habían ganado definitivamente la partida, pero los teóricos del fin de la Historia desdeñaron la fuerza del nacionalismo que también en Occidente daba signos de rearme. Ahora que se vuelve a hablar de los rojipardos para referirse a esa extravagante minoría que combina el neofascismo con la retórica socialista, una mezcla en principio impensable que cuenta no obstante con antecedentes históricos, recordamos las andanzas de Limónov en la Rusia poscomunista, contadas por Emmanuel Carrère en la ambigua y apasionante biografía que dedicó al escritor y aventurero, un personaje detestable a quien el francés concedía cierta grandeza. De la breve y rocambolesca trayectoria del Partido Nacional Bolchevique, sin embargo, interesa menos el afán de protagonismo de Limónov, capaz de hacer cualquier cosa para llamar la atención, que el programa de su efímero aliado Aleksandr Duguin, un oscuro ideólogo que aun desde la marginalidad no ha dejado de influir en la deriva autoritaria de la nueva Rusia. La moral esteticista y aristocrática del fascismo nunca casó bien con su fachada revolucionaria, pero si de hecho dio lugar a un movimiento de masas fue gracias a su capacidad para ganarse a las clases populares bajo la especie de combatir a la burguesía capitalista, al margen de que los jerarcas, una vez en el poder, pactaran a conveniencia, purgando o confinando a los elementos subversivos a parcelas decorativas. Es un discurso viejo, pero seductor, el que descree de la ciudadanía y apela a la vez a la nación y la gente, el mismo que dio sustento a la nouvelle droite de Alain de Benoist y alimenta la "cuarta teoría política" de Duguin, una forma de "populismo integral" con la que coquetean también algunos sedicentes radicales de la izquierda. Por el lado conservador, las fantasías eurasianistas del santón moscovita entroncan con la tradición reaccionaria y antiilustrada de los nacionalismos identitarios, pero la supuesta defensa del pueblo contra las élites no es ajena a los nostálgicos de las utopías colectivistas. No extraña por ello que tanto los afines al nacional-populismo como los huérfanos de la galaxia poscomunista se hayan interesado por Duguin. Azotadas por las crisis e intoxicadas por las ideologías, las democracias se enfrentan al retorno de los brujos.

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