La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

Calles de almas y cuerpos

De Amargura a Esperanza y de Cinco Llagas a cementerio se trazaron los caminos de las almas y los cuerpos

Casi prolongando una a la otra en línea recta, dos calles de Sevilla resumían a la perfección, como si fueran un sermón, los caminos del alma y del cuerpo que llevan la primera a Dios y el segundo a la tumba. El camino de las almas es la calle Feria. Si San Juan de la Cruz decía en el preámbulo de su Subida al Monte Carmelo que la obra "trata de como podrá un alma disponerse para llegar en breve a la divina unión", la calle Feria predispone las almas de quienes sepan leer los signos a esa unión.

En su inicio, Amargura; en su final, Esperanza; entre una y otra, como camino seguro que lleva de la primera a la segunda, la oración del santo Rosario que compendia todos los misterios humanos y divinos del dolor, el gozo y la gloria. Las advocaciones de las imágenes de Cristo que las acompañan ponen el crudo y realista contrapunto: silencio ante el desprecio, miedo agónico y soledad entre los olivos, sentencia de muerte. El camino hacia la Esperanza, está claro, no está hecho de engaños ni ilusiones. Justo en su mitad está representada la unión de los vivos con los muertos, pidiendo los primeros, intercediendo los segundos, a los pies de la Reina de Todos los Santos, la vecina más antigua de la calle Feria a la que llegó en 1554. Y en la Resolana, que significa reverberación cegadora de la luz del sol, reside, recibe y vive el sol que no conoce ocaso de la Esperanza, la que con magnífica intuición llamaron los hermanos Álvarez Quintero "sol de la Macarena" en la Saeta en forma de Salve a la que puso música Joaquín Turina.

A continuación del camino de las almas se abría el antiguo camino de los cuerpos, la vía de las postrimerías. Tengo años suficientes para haberlo recorrido con mi abuela María -ella con largo velo negro de viuda- en el tranvía que, Don Fadrique arriba, pasaba primero por el Hospital de las Cinco Llagas, después por el Departamento Anatómico y la Venta de los Gatos cuya tristeza, allí donde antes conoció tanta "franca y bulliciosa alegría", sobrecogió a Bécquer porque "la sombra del cementerio, que se alzaba en el fondo, parecía extenderse hacia él, envolviéndolo en una oscura proyección como en un sudario". Finalmente se llegaba al cementerio. Para que todo cuadrara el tranvía era el 13 y su rótulo unía dos palabras inconciliables -"Macarena-Cementerio"- como si se quisiera que nadie fuera allí sin esperanza.

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