Cuchillo sin filo

Francisco Correal

fcorreal@diariodesevilla.es

Carnaval de delfines

He vuelto a pasar por esa calle Pureza en la que nació Antoñita Colomé y murió Demófilo

He vuelto 32 años después a esa calle Pureza en la que nació Antoñita Colomé y donde murió Demófilo, el padre de los Machado, gallego circunstancial, el padre del Folklore que se enamoró de María Ruiz, trianera de la calle Betis, viendo desde el puente de Triana una procesión de delfines. Cuando llegué aquel día de San Fermín de 1989 a la Capilla de los Marineros tenía los 32 años que ahora han pasado. Soy mitad soltero, mitad casado, fórmula del enamorado. El día que llegué a Sevilla murió Nabokov. Fue mi primera boda, me casé con una ciudad. En agosto murieron Elvis, Groucho y Machín. Ese año 1977 le dieron el Nobel de Literatura a Vicente Aleixandre. El año de mi segunda boda, con el amor de mi vida, cayó el muro de Berlín y le dieron el Nobel de Literatura a Camilo José Cela. Las letras españolas están en deuda conmigo. Un viaje a la Alcarria saliendo desde la calle Velintonia. Cuando llegué a la ciudad que no nombra Cernuda en Ocnos, ella tenía diez años. Yo le doblaba en edad, ni a Lolita llegaba en aquellas exequias imaginarias de Nabokov. Ahora me doblo en edad a mí mismo, a aquel marinero en tierra que dio el sí quiero rodeado de muchos seres queridos, muchos de los cuales ya faltan. Otros vinieron en el reguero incesante. Aquella niña de diez años, colegiala de las Mercedarias, no imaginaba que sería la Dulcinea de un hidalgo manchego algo descarriado, que llegó en tren a Sevilla y a la boda en barco. Felipe llevaba siete años en La Moncloa, le faltaban otros siete. Nos conocimos en la redacción de un periódico, Diario 16, ella entrevistándome en un ejercicio para el instituto. Cazador cazado. Pobre. Alguna batallita le contaría, hijo de la mili y de la mecanografía. Es la mejor directora de periódico que he tenido porque una familia es como un rotativo que hay que llenar de contenido desde bien temprano. Con las alegrías y con las penas. No sabemos desayunar sin la radio ni dormirnos sin una oración compartida. Lo que nos une le gana siempre la partida a lo que nos separa. Ella podría hacer un Ulises de Joyce con mis manías, que yo sublimo en inquietudes o querencias. No le gusta el fútbol y nació el mismo día que Paul Gascoigne. El efecto 2000 nos golpeó con la muerte de su madre, Pilar, la excelsa cocinera que nació el mismo día que murió Unamuno. Los padrinos de la boda fueron Eulogio, su padre, tabernero nacido el mismo año que Fraga y Saramago, y Maruja, mi madre, la hija mayor del maestro panadero. Paco, mi padre, completaba el cuarteto de los progenitores, llegando aquella tarde a la capilla por la calle en la que murió el padre de los Machado. Hubo ausencias de algún amigo que fue a los sanfermines. Nos casó Manolo, un cura donostiarra que hacía teología en vaqueros. Se nos cayeron las arras y me pareció ver por allí a Camilo Sesto. Cuando llegué a la ciudad sin fin (ninguna lo tiene cuando llegas por primera vez) no la veía por ningún lado. Ahora ella es mi ciudad, mi país, mi continente y mi galaxia. Los dos, con la ayuda de Cela, derribamos el muro de Berlín y volvimos a cruzar el puente de Triana desde el que Demófilo se enamoró en un carnaval de delfines.

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