La tribuna

josé María Agüera Lorente

Cínicos

EL vocablo "cínico" proviene de kynikos, término griego parido por la antigüedad helena; deriva de kynos, que significa perro en castellano. Antístenes de Atenas (444-365 a. C.), que se reconocía seguidor del venerado Sócrates, fundó una de las escuelas filosóficas de entonces. Básicamente proponía tomar ejemplo de la naturaleza y de los animales; exhortaba a un pensamiento individual y a llevar una vida sencilla, autosuficiente y alejada de los placeres materiales.

Igual que los hippies de los sesenta aquellos filósofos melenudos propugnaban la liberación respecto de las convenciones sociales, el producto moral de la sociedad que en ellas plasma su carácter, corrompido y desnaturalizado para los discípulos de Antístenes. Eran espíritus libres que merecieron a criterio de sus conciudadanos el nombre de cínicos, de perros, por la desvergüenza que se les achacaba.

Así veían a Diógenes de Sínope (404-323 a. C.), el más célebre de los cínicos, ya saben, el que vivía en un tonel y del que se han servido para poner nombre al dichoso síndrome de la acumulación de trastos inservibles y basura, lo que él nunca hizo, y menos de forma patológicamente compulsiva, pues defendía la vida despegada de las cosas materiales. Véase la anécdota de las lentejas: Diógenes vivía de manera muy sencilla, y comía de lo que le daba la gente. Un día estaba Diógenes comiendo un plato de lentejas. En ese momento llegó Aristipo, otro filósofo, quien trabajaba para el rey, y le dijo: "mira, si tú trabajaras para el rey, no tendrías que comer lentejas". A lo que el habitante del tonel le replicó: "Mira, si tú comieras lentejas, no tendrías que trabajar para el rey". Pero seguramente el episodio más famoso de este excéntrico personaje es el que nos lo presenta caminando por las calles de Atenas con una lámpara encendida a plena luz del día. Cuando alguien le preguntaba por qué tenía la lámpara prendida Diógenes contestaba: "estoy buscando a un hombre honesto". El cínico, en su sentido genuino, quiere la honestidad carente de fe en la humanidad.

Nada más lejos de lo que actualmente significa el cinismo. El destape (ríanse ustedes del de aquellas señoritas de la rijosa España de la transición tardofranquista) de los papeles de Panamá muestra meridianamente los matices de deshonestidad, impudicia y obscenidad que se hallan en la entraña del cinismo contemporáneo. Seguramente nadie como Mario Conde para ejemplificarlo; pontificando en las tertulias de la caverna platónica mediática sobre la ética que ha de gobernar la vida pública, mientras él se ha dedicado pertinaz y alevosamente a blanquear el fruto financiero de sus delitos durante años -presuntamente-. A su lado, casi parece un pobre aprendiz de cínico -según la noción actual- el ya dimisionario ministro José Manuel Soria, capaz de defender, a pesar de sus clamorosas contradicciones, que no había mentido respecto del culebrón derivado de los archifamosos documentos del bufete de abogados Mossack Fonseca. Igualmente es menester una buena dosis de cinismo siglo XXI para dedicarse presuntamente a la extorsión siendo el gerifalte de un supuesto sindicato que lleva por nombre nada menos que Manos limpias. Y lo que ya es de aurora boreal es que el presunto culpable, el señor Miguel Bernard justifique su conducta en su irrefrenable pasión por servir a su patria (menos mal que desde el siglo XVIII sabemos por el Dr. Samuel Johnson que "el patriotismo es el último refugio de los canallas"). Cínica también la (des)Unión Europea en su pacto con el turco para deshacerse de los molestos peticionarios de refugio que se empeñan en venir a ahogarse a sus costas.

Pobres cínicos de aquella Grecia de los filósofos. Si levantaran la cabeza Antístenes o Diógenes constatarían entre perplejos y estupefactos la deriva degenerativa que ha sufrido a lo largo de los siglos el sentido de la palabra que ellos honraron con su pensamiento y su ejemplo. ¿Cómo ha ocurrido que una expresión nacida de una interpretación del ideal socrático haya caído tan bajo? Los cínicos de la antigua Grecia creían en la virtud, no en las convenciones sociales que tenían por la huera mímica de una moral carente de espíritu. A su modo trataban de ser honestos, aun al precio de ser vituperados por quienes se arrogaban el papel de guardianes de las buenas costumbres. Los que ahora reciben ese calificativo, como los presentados en apretado ramillete en el párrafo anterior, no son en puridad cínicos, sino destructores de la ética.

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