¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Ciudad fea, ciudad bella

No comprendemos por qué las sevillanas aún no han abordado el tema de la fealdad urbana

A menudo, uno pasea por la ciudad y se le escapa un "¡Dios mío, pero qué fea es Sevilla!". Tantas veces que no comprendemos cómo las sevillanas, un género musical polifacético que ha tocado los temas más variopintos, desde la caza de la liebre hasta la fugacidad del tiempo o la violencia de género, no haya aún abordado el asunto de la fealdad urbana, muy patente en el momento que uno se aventura fuera de los itinerarios turísticos. Existe una Sevilla hermosa, tanto de postal como secreta, que nos permite aún vivir en la ficción de que habitamos en una de las capitales más bonitas de la Europa meridional, pero es pequeña en comparación con esa otra ciudad-compost, mezcla de arquitecturas horrendas y un urbanismo mal ejecutado y peor mantenido. No es una cuestión de centro versus periferia. El horror urbano es un asustaviejas que se esconde en cualquier rincón de la ciudad. Lo dice quien en el último mes ha caminado, ora al ritmo alegre de la infantería, ora al paso demorado del flâneur, por El Plantinar, El Tiro de Línea, El Juncal, La Oliva, El Porvenir, El Barrio de Santa Cruz, Heliópolis, La Palmera, San Bartolomé, la Alfalfa, el Arenal, el Centro, Bami, la Macarena, Pío XII, Nervión, Los Remedios… En fin, las muchas veredas que todo urbanita machadiano y pecador tiene la obligación de transitar.

Viene a cuento este alarde viajero para decir que, pese a ese catálogo de fealdades que es Sevilla a veces, raro es el día en que, incluso en los barrios más estigmatizados, no encontramos un detalle que nos alegra la mañana y estimula la sesera, jirones de belleza que nos reconcilian con la ciudad. Puede ser un edificio racionalista escondido entre gigantes de ladrillo visto, un árbol centenario junto a un bar de modestia arrabalera, un azulejo de Gestoso que desconocíamos, un mirlo sobre el mudéjar, una villa burguesa ya sólo habitada por gatos y acacias, un comercio salido de algún tratado antropológico, una barriada falangista con un jardín vecinal de senderos borgianos, un chalet organicista que nos hace fantasear con una vida más acomodada, una portería sesentera que se ha salvado del mármol, un taller con olor a diésel (dulce aroma de juventud) que aún se adorna con vikingas en topless, una parroquia postconciliar y yeyé… A falta de la Perspectiva Nevski o Les Champs Elysées uno se conforma con rebuscar y encontrar rincones a los que agarrarse, vértices en los que se ha posado la gracia para salvarlos de la fealdad y la mediocridad general. Y luego, claro está, también están la Catedral y todas esas cosas.

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