¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Colores de Sevilla

Poco a poco va calando el espíritu de Lola Robador y la ciudad va recuperando sus colores antiguos

Lo poco que sé de los colores históricos de Sevilla se lo debo a Lola Robador, arquitecta sevillana nacida en Burgos a quien el patrimonio de la urbe tanto debe. Gracias a ella aprendí la riquísima variedad cromática de las calles de la ciudad, una "borrachera de color", como ella dice, en la que destacaban diversos tonos de amarillo, rojo, calabaza, salmón, siena, azul… Sólo en el siglo XIX se empezó a imponer la dictadura del blanco en el caserío, algo que se debió a las medidas higiénicas contra las epidemias y a las modas estéticas del momento. Este amor por la policromía es muy viejo, tanto que las esculturas y templos grecolatinos o románicos no solían ser del color de la piedra en que se realizaban, como los vemos hoy, sino que estaban pintados de un modo que hoy nos resultarían insoportablemente kitsch. La idea del mundo antiguo como algo marmóreo y albo no tiene nada que ver con la palpitante realidad mediterránea y sí con idealizaciones germanas y anglosajonas.

Lola Robador es una de esas mujeres que te contagian el entusiasmo. Una de sus cruzadas es la lucha contra el uso de pinturas acrílicas y sintéticas en las fachadas de la ciudad (paramentos, como ella dice con rigor técnico), lo que hace que "parezcan muertas". Esto puede parecer una tontería para un lego en la cuestión, pero cuando das un paseo por el centro con la arquitecta lo comprendes perfectamente. La diferencia entre los muros pintados con acrílicos -que parecen de cartón piedra- y los que han sido coloreados con pigmentos minerales -los que se usaban antiguamente-, es la misma que hay entre una escultura de Bernini y una falla de Valencia.

En estos días hemos tenido dos noticias que afectan al patrimonio histórico de la ciudad: el anuncio de que el Arco de la Macarena recuperará sus colores dieciochescos (almagra, ocre, negro y albero) y la retirada de los andamios de la Casa de la Moneda después de doce años de incomprensible parón. La famosa fachada de Van der Borcht, arquitecto también del palco real de la Plaza de Toros, luce ya con su recatado y elegante cromatismo del XVIII, que nada tiene que ver con las estridencias de los titanlux que se les aplican a algunos inmuebles.

Poco a poco va calando el espíritu de Lola Robador y la ciudad está recuperando sus colores de antaño, más humanos y naturales, basados en una depurada tradición. Si quisiese venderles una moto diría que son colores sostenibles, porque se basan en los materiales que tenemos muy cerca: el albero de los Alcores, la cal de Morón, los pigmentos de Nerva… Pero no, esta vez no les voy a vender ninguna moto.

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