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Alto y claro

José Antonio Carrizosa

jacarrizosa@grupojoly.com

Crac

Un aspecto a destacar de esta crisis es la madurez y la calma que está demostrando la gente normal

A no ser que sea un niño de guardería o un adolescente primerizo, usted ha bordeado el fin del mundo ya en tres ocasiones que se puedan precisar y quizás en alguna más. Conste que utilizamos aquí el término adolescente en su acepción antigua, cuando era un periodo de crecimiento físico que se traducía en cierto desorden mental pasajero. Ahora no, ahora la adolescencia es un estado de inmadurez que se puede prolongar por tiempo indefinido. Repasen algunos nombres del actual Consejo de Ministros y sabrán de qué estamos hablando.

Pero no nos vayamos por las ramas. Esta columna trataba de repasar las tres veces que en lo que llevamos de siglo ha tenido la sensación de que el mundo a su alrededor se derrumbaba sin que pudiera hacer nada. A ello vamos. La primera fue el 11 de septiembre de 2001.Terroristas islamistas atacaron Estados Unidos y crearon una situación de caos en todo el mundo que por momento parecía que hacía saltar por los aires todo el orden establecido. Por avatares de mi dedicación profesional de entonces tuve ocasión de conocer el desconcierto de los servicios de Inteligencia españoles en los primeros compases y cómo eran incapaces de establecer hipótesis de lo que podría pasar en los días y semanas siguientes. Desde entonces nos hemos acostumbrado a vivir con la amenaza de que el terrorismo es una realidad global que puede golpear en cualquier sitio.

La segunda fue en septiembre de 2008. El crac de la economía mundial iba a acabar con nuestros ahorros, nuestras hipotecas, nuestro trabajo y nuestro sistema de vida tal y como lo conocíamos. Pasaron cosas: en España vimos seis millones de parados y se abrió una brecha de desigualdad social que todavía persiste y que ya es una situación consolidada a la que nada pone remedio.

Ahora estamos otra vez en algo comparable, pero distinto. La crisis del coronavirus nos tiene en una situación de incertidumbre absoluta. La suspensión de todo tipo de actividades, desde las clases en Madrid hasta las Fallas en Valencia, la dudas sobre la capacidad del sistema sanitario para hacer frente a la situación, la falta de información -quizás porque nadie la tenga- sobre el verdadero alcance de la enfermedad están provocando una alarma social difícil de manejar y que veremos cómo evoluciona

Sólo hay un aspecto positivo que merece la pena destacar. Esta vez, como en las dos anteriores, la gente, la que vive preocupada de su familia, de su trabajo y de su día a día, está demostrando más calma y más madurez que muchos de los responsables de gestionar la crisis. Es algo que suele pasar.

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