OBJETOS PERDIDOS Sevilla, entre las ciudades en las que más cosas se olvidan en los taxis

¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Dulces gordas

Las hijas del pueblo andaluz saben exhibir chichas y michelines con el poderío de una emperadora

Detalle del cartel de la campaña.

Detalle del cartel de la campaña. / DS

De la exposición 'Julio Romero de Torres. El sentimiento místico' (en la Fundación Cajasol de Sevilla hasta el 24 de septiembre) salgo con una enseñanza clara: la mujer española en tiempos del pintor cordobés no había sucumbido aún a la moda de depilarse las axilas. Lo que hoy es una reivindicación del feminismo más radical, la melena sobaquera, era común en aquella España del primer tercio del siglo XX, la de la implosión de la Restauración. Y nadie en su sano juicio puede afirmar que esas morenazas que pintó el "Leonardo español" (así lo llamó Manuel Machado), híbridos de gitanas y damas prerrafaelitas, no fuesen atractivas. Muy al contrario, con su melena sobaquera siguen despertando al hombre actual todo tipo de ensoñaciones sensuales, aún en el frío ambiente de una sala de exposiciones. Lo que quiero decir es que los criterios estéticos cambian con los tiempos y la geografía, pero no desde luego algunas pulsiones que nacen de lo más hondo del alma humana.

El Ministerio de Igualdad acaba de lanzar una campaña para luchar contra la "violencia estética en las playas", principalmente dirigida a que las señoras con kilos de más (o de menos, que hay gustos para todo) puedan lucir sin complejos su palmito en las playas. Desconozco en qué costa veranea la señora Irene Montero, pero desde luego no en las de Cádiz. Si fuese así no se hubiese gastado 84.500 euros de las arcas públicas en evitar un problema que no existe. Pocas mujeres tan empoderadas como las gordas andaluzas en modo playero, capaces de lucir con garbo y gracia un bikini brasileño pese a tener la anatomía de la Venus de Willendorf. Las hijas del pueblo andaluz saben exhibir chichas y michelines con el poderío de una emperadora. No hay nada más ridículo que esos petimetres que, llegada la temporada estival, cargan sin piedad contra nuestras dulces rollizas, sirenas que nadan entre pijotas y jureles para gloria de los siete mares. Con ello no sólo demuestran ser unos perfectos maleducados y desconocedores de los altos ideales caballerescos, sino también su poca afición al sexo contrario y su escaso conocimiento de la historia de las ideas estéticas. Porque, al igual que por Romero de Torres sabemos de la antigua aceptación social de la pelambrera sobaquil, por Rubens tenemos noticia de que nuestros antepasados, los que impusieron la ley de la vieja España con la espada y la cruz, perdían la compostura y el resuello ante unas nalgas desaforadas. Y eso merece un respeto, oiga.

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