Sine die

Educar en valores

A falta de ironía y de inteligencia, la mediocridad imperante y gobernante se esconde en el eufemismo

En los tiempos que corren, difíciles como siempre si es que alguna vez no lo fueron, resulta fácil detectar una estrategia de actuación que se ha generalizado en todos los ámbitos de la vida pública y privada. Es la justificación. Conocí hace años a un personaje curioso y peculiar, militante desde su juventud en la que se podría llamar extrema izquierda, que murió defendiendo los postulados de lo que él llamaba el PID (Partido de Irónicos Desencantados). Para él, la culpa de todo la tenían dos cosas: la justificación y la tarjeta de crédito. La primera, porque impedía rectificar los errores cometidos y, la segunda, porque hacía creer que todo el mundo era igual y rico por el hecho de llegar a una tienda y pagar con tarjeta, sin necesidad de llevar dinero.

La ironía, no me cabe la menor duda, es una forma sublime de inteligencia, pero crea numerosos problemas a los que la intentan ejercer. Por eso, el imaginario partido PID, murió antes de nacer. Practicar el mensaje irónico precisa de un emisor inteligente con agilidad mental y de un receptor no menos inteligente, capaz de captarla y asimilarla. Que una de las partes cumpla esas condiciones es fácil, pero que lo hagan las dos es tarea casi imposible.

A falta de ironía y de inteligencia, la mediocridad imperante y gobernante se esconde en el eufemismo. No hace falta explicarlo para los desocupados y avispados lectores, inteligentes no porque me lean a mí, sino por el simple hecho de enfrentarse a un artículo y emitir un razonamiento lógico que no siempre tiene porqué estar de acuerdo con lo leído. Cuando la incapacidad se mezcla con la necedad y se envuelve de cinismo, el resultado es absurdo y tragicómico. Los líderes de opinión, ahora llamados influencers, han aprendido bien la lección de que resolver los problemas es mucho más complicado que disfrazarlos. Por eso, en lugar de coger el toro por los cuernos, le dan un capotazo. La educación, el bien más preciado junto a la libertad como escribió Cervantes, no se mejora, sino que se envuelve de retórica. A algunos se les llena la boca con el término educar en valores, casi se ponen babosos. Qué valores, habría que preguntar. Aprobar sin estudiar, eliminar las Humanidades, reelaborar la Historia, hacer desaparecer el principio de autoridad, igualar por abajo, adoctrinar, no fomentar el pensamiento crítico… Estos parecen ser los nuevos valores.

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