La aldaba
Carlos Navarro Antolín
Los adoradores, los nuevos agradaores
NO hay nada más entretenido que la gente. Los moros y los franceses lo saben bien, de ahí que en sus cafés dispongan los asientos en paralelo a la rúa, sin formar corrillos, como en la Sierpes de antaño. Uno puede sentarse a tomar un té o un café noir y pasar horas y horas viendo el trasiego del común, el gran río de la vida, la cotidianidad, la ordinariez, un espectáculo que puede ser más ameno que la contemplación del atardecer en el Ganges. La jovencita coqueta, el tullido, el elegante del barrio, la beata, el empollón, la activista, el camello... Hay veces, además, que este aluvión de existencias toma conciencia de su papel en el gran teatro del mundo. Es lo que ocurre en nuestra Semana Santa. Admiren otros los Martínez Montañés y los Juan de Mesa; los bordados de Rodríguez Ojeda y la fina platería virreinal; los tisúes y los terciopelos; los lirios y las calas... a mí lo que me maravilla es la abundosa humanidad en las calles, entre grotesca y sublime, los mil detalles e historias que convierten a la ciudad en un inmenso cuadro de El Bosco.
Algunos sueñan con una Semana Santa privatizada y petimetre, compuesta en exclusiva por pases de favor, mesócratas trajeados, aforos limitados, palcos y balcones. De llegar a esa distopía se perdería lo mejor de la Semana Santa, ese pópulo compuesto por mujeres tatuadas como maoríes, zangolotinos de azul marino, novios-gladiadores, devoradores de pipas, influencers de barriada, pijas primaverales, machirulos endomingados, viejas malajes, supermadres avitualladoras, músicos vestidos de mariscales de campo en busca de su procesión perdida... Todo ese mundo plural y populachero, a ratos aristocratizante, mantiene el gusto del Ancien Régime, como de ópera napolitana, imposible de cuadrar en esas masas grises que inventaron los científicos sociales del XIX y el XX.
Es tan tópico como cierto decir que la Semana Santa es la fiesta del pueblo. A su lado, la Feria queda como un botellódromo de señoritos e imitadores varios. Una de las claves de su éxito es su baratura: apenas un bonobús social y un paquete de Kelia XXL y uno puede disfrutar de las sutilezas teológicas de Trento y de su estética torturada. Con suerte hasta un majara la lía con una pancarta, o se descoyunta una imagen, o una cámara spiderman se engancha a un paso, o a una saetera se le va la voz, o se hace el más absoluto de los silencios mientras un crucificado avanza y va tocando, uno por uno, todos los corazones, incluso los del usurero y la arpía.
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