el periscopio

León / Lasa

El FMI y sus eufemismos

Traducidas al román paladino, las recomendaciones del FMI son trabajar a cualquier precio, con cualquier salario y sin seguridad

EN alguna clase de lengua del colegio, esperando como un poseso que dieran las once en punto para salir a jugar con la pelota durante el recreo, aunque los campos estuvieran nevados o llenos de barro, recuerdo que nos enseñaron qué significaba la palabra "eufemismo": decir de una manera más o menos agradable, edulcorada, algo que en realidad no lo es. En la definición RAE: "Manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante".

Me acuerdo a menudo de ese palabro, de esa definición porque creo que vivimos tiempos que han hecho del eufemismo una categoría consagrada del cinismo más puro. A nada o casi nada se le llama por su nombre, si de lo que se trata es de algo que medio roce lo desagradable o pueda herir "sensibilidades". No hay viejos, sino mayores; no hay crisis, sino oportunidades; no hay muerte, sino tránsito; no hay enfermedades, sino disfunciones de salud; no hay paro, sino ajustes de fuerzas de producción; no hay guerras, sino conflictos armados... y así podíamos seguir casi hasta el infinito en este proceso de deconstrucción social al que asistimos. Por eso, cuando esta semana he leído las recetas del FMI para que España "continúe en la senda del crecimiento", la palabra "eufemismo", como una magdalena proustiana, ha vuelto a reverberar en mi conciencia.

Esas recomendaciones eufemísticas nos dicen que debemos "profundizar la reforma laboral, la flexibilidad del mercado de trabajo tanto de horarios como de salarios (sic)" para ser capaces de crear más empleo, incluso con crecimientos del 1% del PIB; en román paladino: continuar con la bajada de pantalones que nos llevará a trabajar a cualquier precio, con cualquier salario y con ninguna seguridad; volvamos al Manchester del siglo XIX, retomemos jornadas de doce horas, aumentemos así la productividad de nuestro sistema y sintámonos felices con todo ello; y, se me olvidaba, "abaratemos el despido". En cuestiones fiscales, el FMI no aboga por una más clara implicación de la Administración en reducir las bolsas de fraude o en no apoyar las amnistías fiscales, tampoco en subir los tipos de los impuestos directos a partir de determinados niveles (provocaría la fuga de capitales...), sino en aumentar los especiales y el IVA, es decir, los impuestos indirectos, los más regresivos de todos, y que pagan en la misma proporción tanto los Botín como el más tieso de los gorrillas. Por último -y llegará, es cuestión de tiempo-, que la sanidad y la educación pública dejen de ser universales y gratuitas y se establezca el copago... sin especificar en qué proporción y de qué manera. Son los tiempos que, de forma inexorable, llegan. Si se aplican las previsiones del Plan de Estabilidad 2015-2018 el gasto público se reducirá del 44% del PIB actual al 38%. Sólo Lituania, Letonia y Rumanía superan nuestro menguante welfare state.

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