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Fachas

Las gafas progres han poblado el mundo de fascistas, nazis y ultras que sólo existen en las demenciales crónicas y análisis

La mutación del "facha", desde el personaje atrabiliario y carne de cómic de hace años, al actual portador de una etiqueta con la que se intenta descalificar a media España, está unida necesariamente a la paralela de su contrapunto y pareja dialéctica inseparable, el "progre". En tiempos no tan lejanos, era difícil ciertamente ser un verdadero facha: había que denostar la democracia, rechazar las libertades, simpatizar con regímenes totalitarios, incluso mostrarse favorable al ejercicio de cierta violencia como medio de acción política. En resumen, algo al alcance de muy pocos.

Pero el triunfo ideológico y el dominio cultural de la izquierda, que ha permitido incluso el renacimiento de un comunismo libertario más o menos vergonzante, han desplazado semánticamente el sentido de "progre" y "facha". Ahora lo complicado es ser un auténtico progre. Desde luego ya no basta con confesarse demócrata, defender la libertad y la igualdad, el pluralismo y la diversidad de la nación, entre otras cosas que hoy todo el mundo asume, sino que hay que comprar todo el paquete de lo políticamente correcto (ecologismo y animalismo extravagantes, feminismo radical y lucha de sexos, ideología de género, inmigración sin control y multiculturalismo, memoria sectaria, cristianofobia...) y, además, apoyar o al menos disculpar el secesionismo. Conforme el progresismo ha ido asumiendo esas dudosas banderas, su dominio mediático y cultural le ha permitido ir estigmatizando como fachas, ultras, xenófobos, machistas, etcétera, a millones de ciudadanos que no están dispuestos a transitar semejantes sendas. Una creciente mayoría.

El fenómeno no es sólo español. Las gafas progres han poblado el mundo de fascistas, nazis y ultras que sólo existen en las demenciales crónicas y análisis que llenan todos los periódicos para irritación de sus lectores, que en absoluto ven lo que les cuentan. De creer esos delirios, sólo en este último fin de semana habrían aparecido 50 millones de nuevos ultras, ahora en Brasil, un juez machista habría entrado en el Supremo estadounidense y, lo peor, la madrileña plaza de Vistalegre se nos habría llenado hasta la bandera de fascistas. No importa que la realidad virtual de los medios dominantes esté siendo triturada, ellos siguen en lo que Gramsci le enseñó hace ya casi un siglo y Soros y otros multimillonarios progres les financian hoy.

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