Historia de dos impostoras

Cada momento histórico genera sus monstruos, también sus impostores. O quizás Wandelt no lo sea

Anastasia Nikoláyevna Románova.
Anastasia Nikoláyevna Románova. / DS

21 de febrero 2023 - 00:01

ANNA Anderson fue la más célebre de las impostoras que dijeron ser la gran duquesa Anastasia de Rusia, la hija más pequeña del desafortunado zar Nicolás II, el último monarca Romanov. La familia Romanov, como es sabido, murió cruelmente asesinada por los bolcheviques el 17 de julio de 1918 en la casa-prisión de Ekaterinburgo. Los relatos del crimen que han trascendido son espeluznantes, una orgía de crueldad bien regada con vodka, mezcla de chapuza y sadismo. Aquel pequeño sótano donde se perpetró el extermino de la familia real rusa (el zar Nicolás, su esposa Alejandra, el zarévich Alekséi y las cuatro hijas: Olga, Tatiana, María y Anastasia) fue durante unos 20 minutos una réplica exacta del infierno en la tierra. Niños y adultos –también hubo entre las víctimas algún sirviente– fueron muertos a tiros, culatazos y golpes de bayoneta. La atrocidad fue tal que los propios comunistas prefirieron ocultarla al mundo, quemando y haciendo desaparecer sus cuerpos en un bosque cercano, no sin antes someter a los cadáveres de las jóvenes Romanov a tocamientos necrófilos, según los relatos de los mismos participantes. Este ocultamiento propició todo tipo de especulaciones sobre si alguna de las hijas de Nicolás II había sobrevivido a la matanza, lo que aprovecharon no pocas pícaras y dementes para intentar colocarse la tiara de gran duquesa. Anna Anderson, como decíamos, fue la más famosa. Pese a que en 1979, gracias a la labor del arqueólogo aficionado Alexander Avdonin, se localizaron los cuerpos, no fue hasta 2007 cuando se pudo identificar el de Anastasia, por lo que durante décadas se siguió alimentando una historia trágica que fascinó a las opiniones públicas occidentales. Si morboso era el relato del crimen, más lo era el de la superviviente errante, condenada a la locura por la incomprensión y el desprecio.

Impostores en la historia ha habido muchos, pero el relato de Anastasia es el que a muchos se nos ha venido a la memoria cuando hemos sabido que una joven polaca, Julia Wandelt, asegura en Instagram que es Madeleine McCann, la niña británica desaparecida en 2007 en Portugal, uno de los crímenes sin resolver, junto al de Alcácer, que más ha marcado a nuestra generación. Es curioso ver, sin embargo, cómo ha mutado la historia. De aquel suceso con zares y bolcheviques, muy del gusto de los años 20, a este otro tan de middle class europea, con veraneo en el Algarve y psicópatas pedófilos. Ambos fueron ciertos, pero también paradigmáticos de un periodo histórico. Casi parecen mitos. Todo momento genera sus monstruos y sus impostores. O quizás Julia Wandelt no lo sea.

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