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La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

La Navidad no tiene trasera de palio

La Navidad no tiene adiós, no tiene puertas de la parroquia de San Lorenzo cerrándose, no tiene palio yéndose

La Navidad no tiene despedida, no tiene puertas de la parroquia de San Lorenzo cerrándose sobre un fulgor de fuego y oro, no tiene palio yéndose. Para un sevillano la imagen más poderosa de un final, una despedida, un adiós, es un palio yéndose: el tintineo de los candelabros de cola pasando junto a nosotros en cuanto se pierde de vista el perfil de la Virgen, el manto descendiendo como una recta línea oblicua hasta mostrar, conforme el paso se va yendo, el esplendor de sus bordados, la banda descomponiendo la orquestación de la marcha a medida que los instrumentos pasan junto a nosotros, tras ella la bulla deshaciéndose, la calle quedando vacía, el eco de la música convirtiéndose en un latido y el palio alejándose, naciendo para otros, muriendo para quienes lo vemos irse rezando esa breve oración última sevillana: "hasta el año que viene, si Dios quiere".

Ponga cada cual nombre al palio cuya despedida más le hiera. Para mí hay tres, sobre todo. Uno en el que un San Juan emerge del manto, vuelto como ningún otro lo hace hacia la Virgen. Otro seguido por un breve tramo de cruces, azul de primera luz de la mañana el manto, rojo de amanecer el techo de palio, doméstica luz iluminando las ventanas de las caídas, con los primeros cantos de pájaros como única música. Y otro más al que nunca se le puede decir adiós, que nos arrastra tras él cuando lo vemos irse, remontando bullas y callejeando para volver a verlo. Y así una y otra vez, incansablemente.

La Navidad, tan querida para mí, no dice adiós, no se despide, no deja el recuerdo de una hermosa y melancólica imagen última. O, si lo hace, su abrupto adiós es de una tristeza hiriente. Suelos pegajosos de caramelos; contenedores rebosantes de esos papeles que con tanto cariño envolvieron los regalos y con tanta alegría de ilusión cumplida los niños, impacientes, desgarraron; sobre las calles vacías, las luces ahora apagadas en la noche fría de pocos transeúntes.

Solo irradia calor y luz la plaza de San Lorenzo. Pero allí el pesebre ha dado abruptamente paso a la cruz, Belén al Gólgota, el Niño se ha hecho hombre y la Epifanía manifiesta el paradójico gran poder de un Dios sufriente. Este final sevillano de la Navidad -mírelo cada cual según lo sienta- es su negación, metiéndonos ya en una Cuaresma anticipada, o su consumación, dejando crudamente claro para qué nació el Hijo de Dios.

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