Nostalgia del futuro

En los últimos años, el Alameda no podía disimular ya su condición de cine de reestreno

Podría escribir el clásico artículo nostálgico y personal rememorando que en una de sus salas fui por primera vez al cine con Angélica, pero la película, coreana y de terror, no estaría a la altura sentimental de este tipo de tribunas. Cualquiera tiene buenos recuerdos de un cine, un teatro, un bar o una bolera que han cerrado, así que les ahorro ese trago.

El inminente cierre de los cines Alameda no es ninguna sorpresa ni tampoco ninguna tragedia, aunque algunos se hayan echado rápidamente las manos a la cabeza. Cualquiera que haya pasado por sus salas en los últimos años habrá comprobado el estado de abandono, chapuza y escaso confort de unas instalaciones fantasmales nacidas hace cuatro décadas como quintaesencia de una modernidad ochentera de neón y galería comercial que caducó antes de lo esperado. Entre todos lo mataron y él solito se murió: un Alameda abandonado, parcheado, atendido por una escuálida cuadrilla de empleados multifunción, y unas salas incómodas, peguntosas y sospechosamente oscuras a las que hace también muchos años que le faltaban pantallas, proyectores y sistemas de sonido en condiciones. Recuerdo la traumática experiencia de ver allí Interstellar tras una capa de turbia oscuridad sobrevenida que hacía espacio exterior un auténtico agujero negro para la mirada.

En 2012, alentado por el ambiente juvenil y noctámbulo de la zona, Cienfuegos tuvo la poco brillante idea de llevarse el SEFF, asentado ya en Nervión, a los cines del centro, entre ellos a un Alameda al que le dieron una capa de chapa y pintura que, ni siquiera por una semana de glamour, conseguía disimular su nula idoneidad para celebrar evento alguno. Como era de esperar, la cosa fue un fracaso y el festival volvió a los cines de los que nunca debió haber salido.

Aquello dio la puntilla definitiva a un cine cada vez más abandonado por sus propietarios y apenas sostenido por el entusiasmo o la pereza de los vecinos del centro. En los últimos años, no podía disimular ya su condición de cine de reestreno, coche escoba de la cartelera donde recuperar títulos que habían circulado ya por mejores plazas.

Cierra el Alameda y construirán otro hotel en su lugar. Supongo que en el Ayuntamiento, el mismo que apostó por hacerlo sede de su festival insignia, estarán contentos, habida cuenta de la escalada del ladrillo turístico que ha hecho de esta una corporación más interesada por los pernoctantes que por la calidad de vida, también la cultural, de los ciudadanos.

Pero que nadie llore lágrimas de cocodrilo, ahí tienen todavía los renovados Plaza de Armas a apenas diez minutos, y los Avenida, último foco de resistencia para los contados cinéfilos de pago que quedan en la ciudad. Aunque a nadie le extrañaría que fueran los siguientes en caer. La veda ya está abierta. Mientras tanto, a orillas del lago artificial del nuevo centro comercial de la autopista, ya queda menos para que inauguren unos cines Yelmo, que tienen fama de ser los más modernos y cómodos del país. Dudo que lleguemos a ver si siguen allí, junto al Primark, dentro de cuarenta años.

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