EN plena alarma social por el asesinato de la niña onubense a manos, presuntamente, del pederasta Santiago del Valle, la Junta de Jueces de Sevilla adv irtió a la Administración que o ponía a disposición de los magistrados más medios materiales y humanos o existía el "riesgo cierto" de que se produjeran nuevos casos Mari Luz. Pues bien, salvando las distancias sobre las consecuencias del error judicial pero incurriendo en las mismas causas, puede decirse que ya tenemos ese segundo caso Mari Luz: un narco condenado a 10 años por tráfico de drogas se ha fugado aprovechándose del descontrol existente en nuestros tribunales. Por ende, la causa se instruyó a raíz de la incautación de 30 kilos de heroína que formaban parte de los tristemente famosos 100 kilos de estupefacientes posteriormente sustraídos de la mismísima Jefatura Superior de la Policía de Sevilla. Y, para colmo, el error judicial acaece en la Sección Séptima de la Audiencia Provincial, la misma que tardó casi tres años en confirmar la condena al presunto homicida de la niña de Huelva. Dada la falta de control sobre la situación del condenado, éste superó el periodo máximo de prisión preventiva y hubo que ponerlo en libertad, una circunstancia que ha aprovechado para poner tierra de por medio, por lo que ahora se ha dictado contra él orden de busca y captura. Como en el caso Mari Luz, la negligencia judicial, el ingente volumen de asuntos y la falta de medios técnicos se han confabulado para propiciar la fuga del narcotraficante. ¿Tan difícil hubiera sido que mediante un sistema informático se hubiera alertado a la juez responsable de que se agotaba el plazo de prisión preventiva del delincuente? Aunque ahora el Poder Judicial ha incoado expediente sancionador a la juez por una falta "muy grave" (mayor calificación que a la del juez Tirado), el mal ya está hecho. Este nuevo error confirma la pésima situación de la Justicia en Sevilla, que tiene miles de expedientes acumulados y sentencias sin supervisar por un retraso histórico. Y lo que sale a la luz es sólo la punta de un iceberg que se desconoce, de ahí el confesado temor de los jueces cuando dicen que están sentados sobre un polvorín y que éste puede estallarles en cualquier momento.

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