Ochoa acaricia la memoria

28 de noviembre 2011 - 01:00

UNA caricia a la memoria: han devuelto el largo mostrador expositor de los pasteles de Ochoa a su emplazamiento original. "Con la que está cayendo y este hombre ocupándose de que han devuelto un mostrador a su antiguo sitio", pensará alguien. Cosas de la memoria, le respondo. A Proust el sabor de una magdalena le dio para siete volúmenes. Lo sé, lo sé: no soy Proust. Pero ni Sevilla es París ni usted, amable lector, es André Gide. Damos para lo que damos. Así que sigamos.

Nos han devuelto un puñado de recuerdos de Ochoa. No es poco en esta ciudad. Sólo Ochoa, Filella y La Campana sobreviven de las antiguas confiterías y salones de té que el viento se llevó: La Española y la Granja Garrigós en Tetuán, California en Martín Villa, Uribe en Alcaicería, La Popular (los espejitos) en la esquina de Lagar y Lineros. En 1998 cambiaron la Ochoa que quisimos durante medio siglo; pero la perdonamos y le seguimos siendo fieles. Cuando en 2002 se incendió la dimos por perdida, pero renació al año siguiente y a sus 102 años sigue felizmente viva.

Se entra por Sierpes y parece que se va a ver a don Luis Ochoa haciendo tertulia cofrade y a Carmela Hevia tras la caja registradora; el salón de té de la primera planta en el que se sentaban señoras de rígidas faldas con vuelo, collares Majorica, pendientes de media perla y cortos guantes divinos de la guantería Pino; el lavamanos de cobre con toalla y pastilla de jabón frente al mostrador de los pasteles; la hucha ateneísta de la Cabalgata; la venta de entradas del Miserere; los yogures en tarros de gruesa loza blanca con Ochoa escrito en letras azules; los sándwiches calientes de jamón de York caramelizado; las torteras de Navidad; las cajas de polvorones y mantecados; el cartelito que avisaba Hoy es vigilia; las tortas de aceite que nos comíamos haciendo filigranas para dejar para el final la almendra del centro.

Se entra por Sierpes y parece que se va a ver la decoración de Fernando Jiménez de la reforma de los años 50, la Ochoa de mi infancia; la de las meriendas de sobrino mimado por una tía soltera; la de las gallinas, catedrales y Giraldas azules que me hacían llorar recordándome a Sevilla cuando un familiar de visita practicaba el inocente contrabandeo, vía Transmediterránea, de llevar de Sevilla a Tánger cajas de Ochoa y latas de aceite de oliva para traerse de Tánger a Sevilla medias de nailon de los almacenes Kent, transistores Philips modelo Norelco, plumas Parker y mecheros Ronson comprados las perfumadas tiendas de los indios del Boulevard Pasteur. Se agradece que nos acaricien la memoria en esta ciudad que tanto la maltrata.

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