Fragmentos
Juan Ruesga Navarro
Una nueva generación, un mundo nuevo
Estos días de insoportable calor me acuerdo del quiosco de Pablo, el de los tebeos de mi infancia, que estaba a la izquierda de la puerta norte del mercado de la Encarnación. Era el paraíso que me traía los DDT, Pulgarcito, Tío Vivo, El Jabato, los cromos de los álbumes de Los diez mandamientos o Ben-Hur y, sobre todo, mi favorito, El Capitán Trueno, que me acompañó desde que tenía cuatro años –yo nací en el 52, Trueno en el 56– hasta la primera adolescencia en que los libros de Colección Historias, Juventud o Molino fueron sustituyendo a los tebeos. Por no mentirles: me acompaña hasta hoy porque lo sigo releyendo.
Aquel paraíso mío, que olía tan fuertemente al papel nuevo de los periódicos y los tebeos, debía ser cada verano –o era, con toda seguridad– un infierno para Pablo. Su quiosco era uno de esos minúsculos cubículos de madera verde con un ventanuco para atender a los clientes, forrado por dentro por los montones de tebeos, periódicos, novelitas y revistas, y por fuera por los ejemplares más recientes o atractivos sujetados de unos alambres con pinzas de la ropa. Abierto desde primerísima hora de la mañana hasta la caída de la tarde, en él hacía Pablo toda su vida, incluido el almuerzo en una fiambrera de latón que, por lo que recuerdo, casi siempre consistía en papas en amarillo con laurel (quizás de esas que Paco Lola dice con gracia que su madre hacía con tanto arte que hasta sabían a carne) o picadillo de pepino y tomate.
Eran años duros, muy duros, en los que apenas se empezaba a salir de las hambrunas (las cartillas de racionamiento se habían quitado el año en que nací), en los que he visto a mujeres hurgando en las montañas de desperdicios de verduras que se acumulaban ante la puerta del mercado, en los que en los terribles veranos sevillanos en el ensanche de la Encarnación aguantaban lo inaguantable Pablo en su quiosco, que abandonaba cuando no podía más y flojeaba la venta sentándose tras él aprovechando su minúscula sombra, Manuela en su puestecillo de chucherías de la esquina de la cuchillería (tampoco los inviernos eran clementes para ella, que se defendía de los fríos con su toquilla de lana negra pasada por la cabeza y una abollada copa de cisco) y el hombre del puesto de melones que dormía allí mismo, sobre una manta. Sí, recuerdo estos días a Pablo el del quiosco como cura de tentaciones de nostalgia.
(En memoria de Francisco Ibáñez)
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