Pablo tiene traje

Después de una travesía por el desierto -un desierto muy pequeño-, don Pablo se ve ya como prócer

Ya lo han visto ustedes, el vicepresidente de Asuntos Sociales, don Pablo Iglesias, se ha comprado un traje. Un traje que estrenó, presumiblemente, el día de su nombramiento, pero que cabe atribuir, no a la inminente llegada de la República, el federalismo, la paz de los pueblos, etcétera, que tanta ilusión nos hace a todos, sino a la cartera de Consumo comandada por el señor Garzón, cuyo modelo económico cubano, muy ponderado por él mismo, podría dejar sin trajes de gala -o normalitos, sans cravate, como el propio señor Iglesias-, a los nuevos dirigentes de la nueva España. Hay una tercera posibilidad, en absoluto descabellada, que es la que quizá se aproxime más al corazón tierno y exorbitado del señor Iglesias: después de una travesía por el desierto -un desierto muy pequeño, a la verdad-, don Pablo se ve ya como prócer, como hijo pródigo, como alta luminaria patria, y no sería extraño que de aquí a unos años lo descubramos hermoseado por el traje y una melena corta, a la francesa, cual nuevo Henri Lévy, sólo que todo lo contrario y en beneficio de la Gente.

¿Es esto posible? Al margen de lo que dé de sí esta legislatura, y de los sustos y divertimentos propios de cualquier Gobierno de coalición, con los añadidos y rebabas de todos conocidos, al margen de todo esto, digo, y de que el plan de los señores Sánchez e Iglesias salga como ellos piensan o salga como pensamos los demás, no hay que olvidar que don Pablo Iglesias es el adversario natural de don Pedro Sánchez, y viceversa; de modo que, tarde o temprano, se dará un bonito enfrentamiento entre estos dos saurios políticos, precozmente curtidos, cuya ambición no arroja duda alguna, pero de cuyos méritos aún nos hallamos -esperemos que por poco tiempo- in albis.

Por eso digo que no me extrañaría que don Pablo apareciera, de aquí a unos años, pocos, con la estética de un pensador chic y algo desmelenado, mientras que don Pedro Sánchez, que acaso no haya leído su propia tesis, tal vez se nos presente con unas gafas aparatosas, de mucha envergadura, para que los españoles probos y responsables lo votemos a él, como a un nuevo Calvo-Sotelo, don Leopoldo, pero en más guapo y atezado. Todo esto, claro, en una posteridad que habrá sorteado esa pequeña impedimenta que hoy los frena y los acucia, y que pudiéramos resumir en el señor Torra y añadidos. Entonces -"mi báculo, más corvo y menos fuerte, / vencida de la edad sentí mi espada"- le contaremos lo ocurrido a nuestros nietos, y nadie se molestará en creernos.

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