Baja Temeraria

Pájaros

Que Pájaro se suba a un escenario siempre es un acontecimiento feliz, pero este viernes además ha sido sanador

Toda la noche oyeron pasar pájaros", como si de la novela de Caballero Bonald se tratara, el viernes por la noche Sevilla tuvo en sus cielos aves volando, alguna muy cerca justo al otro lado del río, otra en aquella novena provincia andaluza como algunos llamaron a Barcelona, sin que nadie se moleste, era puro amor y nulo ímpetu colonial o sevillanizante. Pájaro es y se llama Andrés Herrera, músico, personaje singular y sin ninguna duda alado, aunque sus alas -por mucho que a él mismo y a algunos de sus ídolos les guste pasar por satánicos, diablos, chicos malos- más que al reino animal pertenecen al de los cielos como sólo los artistas y los ángeles pueden permitírselo. Andrés, Pájaro, guitarrista siempre, solista en los últimos años, volvió a tocar en los jardines del Centro Andaluz de Arte Contemporáneo emocionando a sus muchos seguidores y, aún más, ponerlos bailar otra vez. El baile como el penúltimo paso que nos libre de estos tiempos extraños y pandémicos, tiempo que nos ha jibarizado, cortado las alas, bajado hasta la voz. Este sevillano, corredor de fondo, universal en acordes y absolutamente hijo de su tierra y de su tiempo, ha sido telonero de Dylan, salsa de los mejores guisos, guitarrista con Silvio, tributador de Triana, mestizo y original, capaz de convertir en rock unos versos de Alberti o de llenar de swing las marchas procesionales más añejas. Genial sin perder la mirada azul de ese niño de Alcosa, que acompañaba a su padre cuando montaba los cines de verano, que se dejaba y deja querer por esa legión de hermanas que son sus grupis más leales y que le recuerdan quién y de dónde es. Que Pájaro se suba a un escenario siempre es un acontecimiento feliz, pero este viernes además ha sido sanador. La belleza como vacuna. Pájaro canta en casa y el miedo sale por la ventana.

En Peralada, uno de los santuarios de la música clásica y cita ineludible en los veranos mediterráneos antes del Covid, otro vecino de Sevilla puso en pie también el viernes y a la misma hora que Andrés al muy exigente público del famoso Castell con un Orlando de Händel que Rafael Villalobos ha querido veamos con los ojos de Virginia Wolf. Este año de esperanzas temerosas aún, este director de escena de Sevilla no ha parado de trabajar, crear, enredar, mezclar. En su jovencísima piel lleva tatuados a

Britten, a Lorca, a Isolda. La belleza es el puente perfecto para hablar de lo que nos aterra, dice. Y sana, añado yo. Nos sanan estos pájaros que, libres por condición y vocación, nos dejan ser su nido. Qué lujazo.

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