Pedro y los peligros

De Sánchez cabría destacar el prejuicio de considerar el nacionalismo como una fuerza de progreso

03 de octubre 2018 - 02:31

Al Gobierno actual le ocurre como a los antiguos griegos: como no sabían explicar la realidad, se inventaron otra con menos movimiento y menos peligro. Quiere esto decir que el paso previo del Gobierno es negar cuanto le desagrada y luego formular una explicación más útil. Se entiende así que la ministra Celáa primero diga que modificar libros de texto en Cataluña sería censura, y ahora sugiera que los editores converjan, sólo converjan, hacia la Constitución, como el toro converge hacia la muleta. Se entiende así, de igual modo, que la vicepresidenta Calvo -y la propia señora Celáa- no encuentren particularmente reseñables las irregularidades de su Gobierno, pero sí su mera publicación, que les resulta excesiva.

Como se ve, el ideal platónico aún goza de buena salud, pero no tanto por su exitosa operación de sustituir la realidad por su reflejo, cuanto porque Platón, en LaRepública, proponía la expulsión de los poetas, como el Gobierno Sánchez prefiere el silencio y la docilidad de los medios. Con esto no se pretende, en ningún modo, defender la infalibilidad del periodismo (los que hemos leído a Revel conocemos la porosidad y la urgencia de nuestro oficio); pero sí querríamos vindicar su derecho a equivocarse y rectificar, actividades ambas, como sabemos, declaradamente humanas. Dicho lo cual, y señaladas ya las extravagantes declaraciones y exigencias del Gobierno, debemos reconocer que este platonismo gubernamental no es del todo voluntario. Lo que se infiere de esta actitud del gabinete es su aristotélica incapacidad para pasar de la potencia al acto. No negamos, pues, sus buenas intenciones. Lo que negamos es su capacidad para llevarlas a cabo. De ahí el tedioso cambio de opinión del presidente Sánchez en casi todas las cuestiones que atañen a su legislatura; de ahí también la actitud de la vicepresidenta Calvo cuando prefiere taponar la fuente informativa a encauzar, inútilmente, el agua torrencial y esquiva de las cloacas.

Convengamos, pues, que el problema que acucia a este Gobierno es el mismo que afecta a los menores de edad: la imposibilidad de hacer lo que uno cree oportuno. De sus socios no sabemos mucho, salvo su determinación de impedirle cualquier acción juiciosa. Del propio Sánchez cabría destacar el prejuicio, extensible a toda la izquierda, de considerar el nacionalismo como una fuerza de progreso. No sabemos qué nombre hubiera dado Platón a esta última paradoja, descabellada e infausta.

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