¡Oh, Fabio!
Luis Sánchez-Moliní
Hotel España
Tiene todo el sentido, toda su lógica, que nadie se crea la independencia de los periodistas en los tiempos que corren con tantos puestos de camisetas que hay en las grandes ciudades. Los periodistas hemos perdido toda la fuerza ganada en la Transición a base de hacer nuestros los argumentarios de políticos que, para colmo, no tienen ni el diez por ciento de categoría de los dirigentes públicos de aquellos años. Porque también ellos han bajado de nivel hasta ser como niños insoportables, tontucios que solo buscan plumillas afines, medidores de la docilidad y que califican de polémico y conflictivo a aquel que simplemente tiene criterio propio. Cuando llega la hora de la verdad buscan el asesoramiento de prestigio que les falta, pero les ocurre como la canción de la Jurado:“Ahora es tarde, señora”. Mientras han buscado una suerte de escribidores de notas de prensa o, lo que es mucho peor, vendedores de crecepelo o Panoramix con laboratorio arrendado.
Malos tiempos para el periodismo, cuando resulta más fundamental que nunca para el sistema democrático. La precariedad laboral y la cada vez menor formación en valores han debilitado mucho el oficio, dejado a los pies de los caballos de políticos mediocres e inseguros que buscan quienes les receten fórmulas de éxito rápido que acaban muchas veces de mala manera. También hay periodistas que asumen con orgullo la camiseta de un partido político sin el más mínimo interés por cultivar una senda de independencia en la que se puede coincidir unas veces con los postulados de una formación y otras con los de otros. Y, por supuesto, tener claro aquello de que la proximidad de mesa y mantel no implica la ideológica, mucho menos la profesional y en ningún caso la espiritual. Pero hoy han desembarcado con fuerza los gurús que vuelven majaras a los políticos sin personalidad, porque son precisamente esos dirigentes quienes adolecen de la falta de criterio propio.
Es curioso cómo el criterio propio es rechazado por peligroso en la empresa privada hasta que llega un político y decide comprarlo para su interés. Nace entonces la figura del asesor, del druida al que todo el mundo teme en el partido político de turno no porque tenga ningún rango en concreto, sino porque se le considera poseedor de la influencia máxima en el jefe. Todo es muy fatuo, epidérmico y de bajo nivel. Todo es muy de propaganda, básico y elemental. Con políticos de alta formación intelectual se reducirían los gurús. Pero ahora vivimos en marea... baja. Bajísima. La de los admiradores de un tal Iván Redondo que dice eso de “in my opinion”. No hay más preguntas. O como diría Rajoy: fin de la cita. Chichichí.
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