Prácticas de riesgo

La veleidad totalitaria no es un rasgo, como el que tiene mal carácter, sino una quiebra letal en el sistema democrático

Por casualidades, de esas que hilvanan fino, estas semanas he tenido muy presente al VIH, el monstruo del sida, y aquellos primeros años de devastación, dolor y exclusión. Tiene que ver, supongo, que en la serie Merlí, sapere aude, el protagonista (lo dice en el primer capítulo, que no se me eche nadie encima) sea seropositivo, también que ande rebuscando en la biografía de Martín Gaite y la terrible muerte de su hija Marta o que haya vuelto a ver la última entrevista de Rosa María Sardá, con Évole, la actriz evocando a su hermano desaparecido en los ochenta y asegurando haber conocido el infierno. Y sin duda, influye que hayamos conocido la intención de la Junta de Andalucía de cerrar el centro sevillano pionero en prevención y tratamiento de enfermedades de transmisión sexual - malísima noticia- , un centro utilísimo, entonces y ahora, para la normalización de las relaciones íntimas sin miedo.

En aquella tragedia tardamos demasiado en aprender una lección fundamental: que no había grupos de riesgo (después de haber estigmatizado, marcado, excluido a aquellos que, víctimas, fueron tratados como culpables de su mal), sino prácticas de riesgo. Qué gran lección. Y no solamente aplicable a los riesgos sanitarios, sino incluso a la salud de nuestro sistema económico, político, social. Si a estas alturas no lo sabemos ya, merecemos que nos manden al rincón de pensar o a escribir mil veces alguna frase célebre sobre la democracia, a elegir entre Churchill, Palme o la misma Merkel, que ella sí parece saberse la lección. Seguramente hemos manoseado con cierta ligereza la palabra fascismo, calzándosela, venga a cuento o no, a cualquier contrario. Y a la contra, me pasma que la derecha no se ofenda. ¿Por qué resulta natural que Merkel se considere antifascista y aquí la derecha no reconozca ese rasgo identitario? Y sin embargo, cuánto le debemos a esos conservadores -legión tampoco eran- que hicieron una oposición arriesgada y valiente contra la dictadura. La veleidad totalitaria no es un rasgo, como el que tiene mal carácter, sino una quiebra letal en el sistema democrático. No hace falta ser un fascista ad hoc. Y sin embargo, llamar totalitario a alguien no resulta ofensivo, sino casi una pijada, como quien usa la pala del pescado en un chiringuito de playa. Es verdad que hoy no existen regímenes fascistas tal cual fueron en el siglo pasado pero ¿y las prácticas de riesgo? Aparte de quienes, últimamente sin complejos, exhiben una ideología excluyente y violenta, que los hay, ¿no habríamos de hablar de condón, que no cordón, democrático? De uso masivo. Profilácticos contra las practicas excluyentes, clasistas, racistas, homófobas, xenófobas. Volvamos al principio. Es muy simple. Ahí tienen al PP de Ceuta. Pónselo, póntelo.

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