Azul Klein

Charo Ramos

chramos@grupojoly.com

Proximidad

La resistencia de las librerías sevillanas es la imagen luminosa en la larga noche del distanciamiento

Entre las escasas salidas a comercios de mi particular desescalada, las librerías son el destino más apreciado. La distancia que media entre las estanterías de los libros y la mano emocionada del cliente que quiere consultarlos es la escala en la que he tasado la magnitud de una tragedia que nos separó de las cosas y personas que más amamos ante el temor de causarles daño. En la primera de las fases acudí al pasaje de los Azahares a recoger un libro en Alejandría y apenas pude ver el rostro del empleado que con tanto celo y cariño lo había reservado. Mascarillas, guantes y otras barreras me separaban del tacto y el olor de los libros añejos. El volumen que había encargado era una primera edición que publicó a mediados de los 70 la Universidad de Sevilla y salió a mi encuentro propulsado sobre una silla con ruedas que normalmente servía de asiento pero que, en aquel momento, se usaba como una cinta transportadora que evitaba que el cliente entrara en el local y pudiera contaminar o ser contagiado. Hasta que llegué a casa y me lavé las manos, y además las rocié con el gel hidroalcohólico, no me atreví a abrir el volumen y consultar su prólogo, que en ese momento era lo que más me interesaba pues la obra la había leído ya muchas veces y en diferentes ediciones. Cuando lo hice, por entre aquellas páginas de una palidez amarillenta, ascendió al fin la fragancia inconfundible del libro antiguo, que se impuso victoriosa sobre ese olor a medicina que ha globalizado el confinamiento con sus protocolos desinfectantes.

En una fase posterior acudí a mi librería de proximidad, que según me hizo saber Google Maps era La Fuga. Era sábado y me encontré con una hilera de personas delante de mí que, lejos de incomodarme, me alegró. Había visto las colas de clientes para acceder a las grandes cadenas de moda tras la reapertura y me resultaban incomprensibles. Ahora esta fila ante una librería de barrio que tan bien cumple su papel dinamizador y prescriptor me pareció un motivo de júbilo. Los clientes de Luis sonreíamos tras las mascarillas y si a quien le tocaba el turno había llegado montado en bicicleta, los demás se la vigilaban con simpatía, porque a la librería sólo se puede entrar de uno en uno.

En su polémico artículo Sevilla desde dentro y desde fuera para la revista Mediodía, que no volvió a encargarle ninguno más, Chaves Nogales disertaba en junio de 1926 sobre una ciudad con quinientas tabernas y una sola librería de la que eran clientes Ramón Carande y Pedro Salinas. Si aún no lo han leído, no dejen de hacerlo. No creo que salgamos mejores de esto. Me bastaría con que saliéramos vivos. Pero desde luego la resistencia de las librerías sevillanas y el apoyo de sus clientes se revela como una de las imágenes más luminosas en la larga noche del distanciamiento.

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